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Emociones

Por @rondoscutillas

Soy un fanático del cine de animación. No sé si es por la nostalgia de una feliz infancia, a la que cada vez veo más lejos por el retrovisor de la memoria desde la atalaya de mis 44 años. O, sencillamente, porque de vez en cuando hay alguna historia original que te hace salir de los más que manidos guiones de secuelas, precuelas, quintas partes y no sé cuántas cosas más en las que, de un tiempo a esta parte, se ha convertido el séptimo arte.

Confieso que una de las películas que más me ha sorprendido, para bien, en los últimos tiempos fue ‘Inside Out’, traducida en nuestro país por ‘Del Revés’. Para el que no la haya visto, diré que cuenta la historia de los trastornos que produce en una adolescente el traslado a una nueva ciudad. Y lo original es que, la mayor parte de la acción, transcurre dentro de su cerebro, al que sus creadores nos meten directamente a través de determinados personajes (Alegría, Tristeza, Miedo, Ira y Asco) que, a su vez, simbolizan las emociones de la protagonista ante los diferentes acontecimientos que afloran en su vida cotidiana.

Esa mezcla de sensaciones son las que, también a mí, me ocurren cuando veo un partido del Tenerife. De hecho, la auténtica magia del fútbol, desde mi punto de vista, reside en la cantidad de estados de ánimo que es capaz de provocar en cualquier aficionado. Ese bombardeo cambiante de acontecimientos que te llevan del todo a la nada y viceversa en pocos minutos es lo que nos hace ser adictos a este bendito deporte cuando lo ves con las gafas del corazón del equipo de tu vida.

El primer tiempo de La Romareda despertó en mí una alegría que apenas había sentido esta temporada. El conjunto que dirige Oltra no cometió ningún error de bulto y, tras la previsible salida en tromba local, fue haciéndose con el volante del partido. Gobernó el balón, lo movió con criterio y solo le faltó llegar con más elementos al área para materializar las pocas ocasiones que logró crear.

Admito que, tras el descanso, sentí un poco de miedo porque el partido ya no tenía dueño. El Zaragoza apretó lo suyo y la experiencia de un desenlace desfavorable fue conquistando cada vez más espacio en mi interior. De hecho, mis temores se confirmaron cuando Dani Hernández cometió la torpeza de hacer uno de los penaltis más estúpidos que mi memoria futbolística recuerda. Ahí di rienda suelta a mi ira. Reconozco que me acordé de su familia, sin que obviamente tengan culpa alguna y a los que pido disculpas desde aquí por si les pitaron los oídos, y que la tristeza me invadió al ver que, con ese gol en contra, el Tenerife podía volverse de vacío en un partido en el que había merecido mucho más.

Bryan Acosta, al que el Tenerife haría bien en cumplir con la promesa realizada este verano de mejorar y ampliar su contrato, cabeceó a la red una falta ejecutada con precisión por Luis Milla. Entonces, por unos minutos, me sentí orgulloso de que este equipo no saque bandera blanca ante la adversidad y luche por no descarrilar cuando las cosas se ponen cuesta abajo y sin frenos.

Lo del asco ya me ha llegado durante los días sucesivos de esta semana al comprobar, también con tristeza y sin ninguna sorpresa, cómo algunos van manipulando al aficionado y abonando el terreno para que el Heliodoro viva otra tarde de pitos este sábado contra el Alcorcón pase lo que pase sobre el terreno de juego. Oltra, Suso y otras voces autorizadas del vestuario ya han pedido ayuda al entorno para salir del bache con una victoria ante el conjunto madrileño que, por cierto, llega a la isla enrachado tras un ciclo de ocho jornadas invicto en las que, además, ha ganado a equipos de la talla del Deportivo (1-0), Cádiz (0-2), Oviedo (2-0) o Granada (1-0).

Desengáñense. Los pitos y el mal rollo no van a hacer desaparecer a Miguel Concepción del palco de un plumazo. Ni tampoco van a hacer aumentar el número de veces que el Tenerife llegue al área adversaria. Cada cual, faltaría más, es libre de hacer lo que considere oportuno. Pero este sábado no sería una mala oportunidad para que los reproches, si tienen que llegar, salgan cuando ya no estén los tres puntos en juego. Eso, además de una demostración de madurez y amor a los colores, dejaría patente que los que vamos al estadio hemos aprendido, por fin, a sacar lo mejor de todas nuestras emociones.