Redacción Deporpress | Definimos el yin yang como un principio filosófico y religioso. Pero como parte de la vida, ha sido extrapolado en infinidad de ocasiones a cualquier otra materia. Incluido el deporte. Y el fútbol, por supuesto. Porque de todo lo bueno, hay algo malo, y viceversa. El Tenerife sigue regalando sonrisas y lágrimas. Momentos álgidos y otros notoriamente mejorables. Pero ahí está: vendiendo destellos de ilusión.
Un equipo fiel a una idea con un estilo irrenunciable que ha pegado un pelotazo a los fantasmas lejos del Heliodoro. Van dos goleadas fuera de la Isla. Pero siguen existiendo muchos matices para aspirar a mucho más. Un equipo que ofrece cabreos tan grandes como contra la Ponferradina o el Fuenlabrada, pero que también sacaba billetes con pasaporte a la ilusión como en el Carlos Belmonte o en el Ángel Carro.
El Tenerife tiene identidad. Y cree en algo. Por momentos, ofrece tramos de juego que deleitan a cualquier amante del fútbol. El segundo y cuarto gol podría ser definido como obras de arte dentro de una categoría donde suele premier lo táctico y lo físico sobre la belleza. Goles corales que saben mejor con el apacible sabor de la victoria. Hoy, la hinchada blanquiazul disfrutó, pero también sufrió.
Ese yang, vinculado a la luz, lo activo y el cielo se vio durante largos tramos de juego. El Tenerife se gustó con balón. Disfrutó con la posesión y creció a través de la confianza del luminoso. Bailaba una bonita coreografía bajo la lluvia que aterrizaba sobre el césped del Anxo Carro. Pero también hubo momentos de dudas que necesitan de trabajo y corrección a corto plazo. Con 0-2, los blanquiazules vieron como en cuestión de nada, se les viró la tortilla. Penalti transformado –y previamente evitable- que sirvió como una recarga de pilas de los gallegos y una bajada de tensión de los blanquiazules, quienes no supieron jugar esos minutos, cayendo como un manojo de nervios que pudo acabar peor si no hubiese llegado ese intermedio que sentó como agua bendita. Fue el yin del Tenerife: oscuridad, pasividad.
Una dualidad que debe irse fusionando hacia una versión más positiva y eficiente. Donde el concepto del yang triunfe sobre el yin. Motivos hay para ello: un estilo, buenos mimbres y mucho gol. Y la doble cita en el Heliodoro se presenta como una primera oportunidad dentro de un largo sprint que tiene su capítulo de cierre a mitad de 2020.