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El teatro del absurdo (25-3-14)

Por @beatrizpalmero

El fútbol está lleno de contradicciones, de situaciones que, sin lugar a dudas, podrían aparecer en cualquier obra del teatro del absurdo y que, observadas con cierta distancia, hasta nos sacan una carcajada. Y en esas situaciones me tengo que incluir, porque los periodistas formamos parte de esta obra dramática que interpretamos sin saber.

Y así leo en Twitter cientos de elogios para Las Palmas de Sergio Lobera, que hace apenas  cuatro semanas tenía las maletas hechas. No las facturó porque nadie se quiso poner su corbata, así que siguió trabajando, una situación no menos surrealista que la que vivió nuestro amigo José Luis Oltra en Mallorca. Cuatro victorias y un empate en cinco partidos han devuelto a Lobera al palco de honor del teatro y ahora le aplauden aquellos que querían apretar el nudo alrededor de su cuello.

El personaje de Undiano Mallenco irrumpe en escena, sin saber muy bien qué hace ahí. Sólo se habla de él cuando acaba el clásico, y algún actor sale del verde para decir que pita así porque la envidia es muy mala. Yo como espectadora no salgo de mi asombro, porque no le encuentro ni pies ni cabeza a todo eso. Hay que ver cuatro o cinco repeticiones, o más, para dilucidar si hubo fuera de juego, si se produjo contacto o no, si estaba dentro o fuera del área. Y queremos pretender que, in situ, un pobre hombre, mil veces más preparado que nosotros pero con sólo dos ojos y sin repes, acierte. Como si fuera un dios griego que ve aquello que sus ojos no le dan para ver.

Undiano abre el paraguas y aguanta, calladito, el chaparrón. Y caen chuzos de punta. Se enciende la pantalla el lunes en El día después y los ojos se me salen de las órbitas cuando veo a chiquillos que no llegan a los diez años discutiendo sobre la actuación del árbitro. Esa es la educación que les estamos dando a nuestros hijos. Me dan ganas de llorar. El corifeo que llamaba ayer salvaje a Pepe hoy no se atreven a cantar para censurar a Busquets. La orquesta empieza a tocar en medio de todo este galimatías.

Vuelve a ser domingo. El Tenerife, sorprendentemente, gana 3-0 a la media hora de juego. Y a mí el partido se me está haciendo eterno. Y eso que ya no llueve. “No nos convenía un partido de ida y vuelta”, explicaría Cervera este lunes, “aunque al público quizás lo levanta de sus asientos”. Me quedo sentada, viendo como los minutos no pasan. Aunque se marcan dos goles más que hacen que el minutero vaya más rápido. Pero, inexplicablemente, estoy  más contenta que unas castañuelas cuando acaba el partido y tengo que esforzarme por poner freno a la ilusión. Cuánta contradicción. Estamos en puestos de play off, pero hay que mirar a ver cuántos puntos más nos alejamos de abajo. ¿Nos sentimos aún perseguidos para tener que estar mirando atrás cada cinco minutos?

“Prefiero no cambiar el discurso cada siete días”, dice Cervera. Bueno, me paro a pensar, quizá sea la frase más coherente de todas las que he escuchado desde mi butaca, viendo cómo todo muda de una escena a otra. La última vez que el Tenerife apostó por la continuidad y decidió quedarse al margen del teatro del absurdo salió bien. El Canarias ya ha probado, con éxito, ese modelo también, muy poco habitual en España, que diría Cervera. Pero queremos más ambición donde sólo vemos tranquilidad. Me desespero.

Salgo del teatro. Luce el sol y no hay una sola nube en el cielo. Es como si me hubiera bajado del tren. Repaso las escenas. Algunas parecen ridículas. Pero el próximo fin de semana, más, y volveré a pagar la entrada, y a discutir sobre esto o aquello, a desesperarme, a reír o a gritar. Sin ningún sentido. Porque al final de temporada tendremos que reescribir toda la obra. Y nadie se acordará de las situaciones tan absurdas que hemos protagonizado.