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El Síndrome de París (10-12-13)

Por @beatrizpalmero

Me resulta sorprendente en ocasiones lo compleja que puede ser la mente humana, tanto como para que un determinado estado psíquico influya de manera radical en el estado físico de una persona. Un auténtico misterio que la ciencia poco a poco va desgranando, pero que no deja de ser sorprendente.

Sin ir más lejos, leí estos días sobre el Síndrome de París, muy habitual entre los japoneses que, cámara de fotos en mano, faltaría más, se plantan en la capital francesa y se llevan tal decepción que acaban en el médico por ataques de ansiedad, manía persecutoria, alucinaciones o taquicardias, entre otros síntomas. Simplemente porque habían idealizado tanto la ciudad y su cultura es tan distinta, que quedan conmocionados cuando se ven inmersos en una urbe ruidosa y con un trato social radicalmente distinto al que están acostumbrados.

Nuestra mente tiende a rechazar aquello para lo que no está preparada, más aún si nuestro listón de expectativas está tan alto que descubrir que la realidad está tan por debajo de él nos puede suponer un auténtico colapso  mental. El científico Stephen Hawking, una de las mentes más brillantes de nuestro tiempo pese a estar totalmente impedido físicamente por una enfermedad neuronal, decía que “cuando las expectativas de uno son reducidas a cero, uno realmente aprecia todo lo que sí tiene”. Las expectativas sobre lo que está por venir es lo que nos ilusiona, pero, cuando nos acercamos al mundo real a través de dichas expectativas, podemos sufrir un choque brutal.  Porque la realidad, mucha veces, poco tiene que ver con lo que esperamos de ella.

Y esto lo podemos aplicar a todos los órdenes de la vida. Precisamente porque los blanquiazules han vagado durante dos años por Segunda B, todo el entorno se ha dado un baño de realidad. Y partía en este regreso a la categoría de plata con el convencimiento de que había que hacer las cosas despacio y de que no iba a ser más fácil que abandonar el pozo del que venía su equipo. Había reducido las expectativas casi a cero. Y así, ahora, mira la clasificación y se siente feliz. Tras un inicio descorazonador, los blanquiazules nos hemos visto sorprendidos por la reacción del equipo. No por su entrega, su entereza y por lo bien trabajado que está. Eso ya lo habíamos visto. Sino por sobreponerse, no sólo a las adversidades, sino a sus propias limitaciones, y ofrecer un rendimiento muy por encima del esperado. Quizá no tuvimos, y me incluyo, la suficiente fe en el poder del grupo, o subestimamos su capacidad. Y nos han superado las expectativas.

Claro que la liga es larga. Y, amigos, no hay que subir las expectativas porque en la jornada 17 estemos más cerca de la zona noble que de la zona peligrosa. Esto es muy largo, apenas si hemos andado algo más que un tercio del camino total. Dejemos las expectativas donde están, en la salvación, en lograr 27 puntos más. Eso sí, siendo exigentes con nuestro equipo, pidiéndole que lo de todo en cada partido. Todo lo que venga demás será bienvenido y lo recibiremos con la misma felicidad con la que recibimos la victoria en el derbi. En la isla vecina hace dos jornadas estaban a punto de tocar los puestos de ascenso directo y, con las expectativas altas tras estar a punto de ascender la pasada campaña, llegaban al Heliodoro con la obligación de ganar a un recién ascendido en un duelo regional en el que lo psicológico vale más que lo físico. Y ya ven como anda de revuelto el patio en Las Palmas y con el equipo en play off. Nos parece inexplicable. Pero, ya saben, las expectativas son las que marcan el camino. Y yo, ustedes perdonen, no quiero pasar por el Síndrome de París.