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El silbidito (8-12-13)

Por  @ivanvillanua

El silbidito le salió caro a Lobera. Uno de esos «zas en toda la boca» que te llega cuando menos te lo esperas. Y la factura fue elevada por dos razones: la primera, porque envalentonó a los muchachos de Cervera y, la segunda razón, porque ahora ha visto como la diferencia entre amarillos y chicharreros, tras el derbi, se ha reducido a un suspirito. Que, vale, no es como silbar, pero también tiene su toque romántico.

Corríjanme si me equivoco. Es la primera vez que en un Tenerife-Las Palmas se vio tanta claridad sobre el terreno de juego. Un equipo que dominó de principio a fin y que, si me apuran, la expulsión de Barbosa puede contarlo como una simple anécdota. Si hubieran jugado los once, el baño con jabón y espuma del Sáhara de postre hubiera sido, exactamente, el mismo.

Hay algo interesante en estos dos últimos meses: los blanquiazules han superado su crisis de identidad personal y, ahora que saben de qué va esto de la Segunda División, empiezan a entender cuál es su rol en el campeonato. Ir de cucos, a la zorruca como decimos en Canarias. Y cuando se ponga a tiro algo más atractivo, ¡Rian! y a intentarlo. No sé cómo se le da eso de silbar a Suso o a Ayoze. Yo prefiero que corran como galgos, barranco de Arico hacia arriba buscando su presa. Como lo hicieron el miércoles.

Corrieron tanto que Lobera se hartó a silbarles para que frenaran el paso. Y tanto hizo con el soplido que, al final, la afición chicharrera le aplaudió por el esfuerzo de aprender el silbo gomero. Creo que fue así el cuento. O eso me pareció, Rubencito II.