Por @juanjo_ramos
El ataque al rival más débil no se inventó en Tenerife. Muy al contrario, la teoría lleva siglos experimentándose en política. Se trata de buscar el flanco menos protegido del rival o enemigo para asestar una serie de golpes que mermen la moral y el potencial del mismo. El camino pasa por aprovechar un momento de debilidad o u error flagrante para lanzar un mensaje que cause en la opinión pública la suficiente aceptación e indignación como para que el efecto sea inmediato en el adversario.
En la Isla viene sucediendo desde hace años, pero se ha intensificado en estos primeros meses de la temporada 18/19 en el entorno del CD Tenerife. El plan consiste en señalar, cada semana, al rival más débil para que los más enfadados hinchas blanquiazules se ensañen con él causando debilidad a las ya de por sí desanimadas huestes del conjunto insular. El divide y vencerás es, en este caso, un acompañante preciso para que triunfe la teoría del rival más débil. Porque se trata, en definitiva, de que los propios aficionados acaben por hacer añicos un proyecto que ya ha comenzado con mal pie.
A saber, el primero en ser señalado fue el director deportivo Alfonso Serrano. Lógico. Los malos resultados iniciales y la decisión de destituir a Joseba Etxeberria en la quinta jornada le hacían el flanco perfecto por el que atacar. ¿Cómo defender que los fichajes son buenos si no rinden en esos primeros partidos? ¿Cómo pedir paciencia? Amortizado el profesional vallisoletano, la falta de reacción del Tenerife permitía buscar una pieza más importante: el presidente.
De nuevo, el pasado como aval para censurar al elegido para ser lanzado a los leones. Miguel Concepción como el jefe de un club anticuado, que no se mueve y que no gana. Sobre todo que no gana. Ese argumento valida los anteriores, aunque estos no se ajusten a la realidad. Porque, no nos engañemos, sin malos resultados no hay posibilidad de avanzar hacia el objetivo: colocar a gente más afín en los puestos importantes.
Desde el sábado, el rival más débil es Dani Hernández. Su error en La Romareda le hacía candidato, pero su condición de tinerfeño le dio cierto aire antes de que se viera inmerso en dos desafortunadas acciones ante Alcorcón y Numancia. Las dos acabaron en gol y las dos debieron ser anuladas por falta sobre el portero. Pero reconocer esta realidad imposibilitaba el ataque. Era más rentable decir que la jugada es legal y, por tanto, un fallo grave del portero. Sabiendo además que se trata de una demarcación delicada, pedir su cabeza a modo de paso por el banquillo, era ideal en el siguiente paso hacia la desestabilización del Tenerife.
No se engañen. Con estas líneas no quiero restar un ápice de responsabilidad a todos aquellos que han contribuido a la posición actual del equipo blanquiazul: una decepcionante décimo octava plaza. Serrano debió hacer mejor plantilla, Concepción gestionar mejor y Dani evitarse algún error. Lo que sucede es que, no siendo los únicos culpables de lo que pasa, sí son los que tienen un crédito más reducido entre la afición. De ahí que los ataques que sufren sean más salvajes. No se trata de ser justos, sino de hacer daño. Y eso, amigos, no es periodismo.