Estaba en casa, tranquilo, viendo la televisión y prestando más atención al Bélgica-Rusia que al partido de vuelta del play off de ascenso a Primera. Ganaba, dominaba y merecía más Las Palmas. Pero finalizó el choque mundialista, mi vista se centró en el Estadio de Gran Canaria y presencié la invasión de campo, el parón… y el 1-1. No pude evitarlo. Me alegré. Como miles y miles de grancanarios lo hubieran hecho si es el Tenerife el equipo que sufre semejante desgracia (deportiva).
Lo siento. Debo ser un mal canario. Como esos malos sevillanos aficionados del Sevilla que se alegraron del descenso del Betis. O esos malos asturianos seguidores del Oviedo que festejaron la eliminación del Sporting. O esos malos gallegos que, siendo del Celta, esperaban que el Deportivo se quedara un año más en Segunda. Igual no. Igual todos esos que sonreímos ante una derrota de otro equipo solo vemos rivalidad (deportiva).
Pero solo es eso, deporte. No deseo una catástrofe natural en Gran Canaria. No quiero que le pase nada malo a ningún grancanario. Tampoco a los que saltaron al campo y ahora son perseguidos para impartir una suerte de justicia antigua, medieval diría yo. Solo quiero que su equipo de fútbol siga en Segunda. Como muchos de ellos desearían en mi lugar. La otra postura es la fácil. Pero no soy un quedabien.
El quedabien es ese ser que nunca queda mal con nadie. Siempre en la equidistancia, le da igual saber que una parte tiene razón porque su éxito depende más del no alineamiento que de ser justo. Aunque él siempre te dirá que es justo precisamente por no decantarse en batalla alguna. El quedabien es ese ser que nunca le desea mal a un equipo. Por fuera. Porque por dentro también festeja las derrotas de su rival. Pero calladito. Que no se le note.
El quedabien es incluso capaz de afear la conducta del que no piensa como ellos. Del que se mete en líos. ¡Qué necesidad! No opines, no te mojes, que te buscas problemas. Muchos afloraron en las horas previas al partido de Las Palmas. “Quiero que suba Las Palmas porque es un equipo canario”. ¿Aunque sea el máximo rival de tu equipo, no? ¿Aunque no haya derbi, verdad? ¿Aunque signifique más presión para el Tenerife y una fuente de ingresos menos? Patriotismo, política. Pero no deporte.
Otros quedabien aparecieron al final del partido para, envalentonados por el gentío, censurar la actitud de los que saltaron al campo. Los escuché llamarlos “matados, subnormales, retrasados, toletes o machangos”. Algunos en la tele donde, durante toda la semana, habían repetido las imágenes del último ascenso amarillo a Primera. Coronado, por cierto, con una invasión de campo. Aquel día hubo final feliz, claro.
En esas horas posteriores, algunos quedabien iniciaron la caza de brujas. Culparon a los periodistas tinerfeños por opinar como aficionados. Otros exhibieron su torpeza señalando a la juventud canaria y su analfabetismo. Como si se pudiera generalizar en un momento así. Y prácticamente nadie miró hacia el césped para señalar a unos jugadores que, en siete minutos, perdieron la concentración y regalaron el ascenso a los del Córdoba, que sí se mantuvieron firmes. Como profesionales.