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El profesor

Por @beatrizpalmero

En septiembre parece que todo cobra ritmo otra vez: el tráfico, la vida escolar, el trasiego en las calles… La vuelta a la rutina deja siempre una sensación agridulce, por una parte, la certeza de que el verano tiene sus días contados, por otra, la reanudación de las tareas cuya pausa parecen haber desordenado tus días. En septiembre comienza, una vez más, el año. Siempre había contado los años por temporadas y, ahora, por cursos escolares, que viene a ser una simple continuación de una costumbre que dura toda la vida. Y es que septiembre, sin nueva temporada, sin nuevas ilusiones, sin las incertidumbres de siempre, es menos septiembre.

El inicio blanquiazul se viene asemejando mucho a las expectativas que genera un nuevo año académico. Ves llegar a los nuevos, miras las caras, el expediente e intentas adivinar que te deparará esa clase, pero, hasta que no llega realmente noviembre, no sabes si las ideas que te formas en los primeros días es la correcta.

Tengo esa sensación con los de López Garai. Hay piezas que no acaban de encajar. Por supuesto, siempre te llevas sorpresas porque, no se puede negar, el curso es largo. Está el alumno que prometía mucho y acabó siendo una pesadilla, la alumna que parecía una cosa y resultó ser otra, el que viene de tapadillo y por el que te preguntas en marzo cómo no reparaste antes en sus virtudes, la que se las sabe todas e intenta colártelas de todas las maneras y, cómo no, en alguna habrá colado… Lo que nunca cambia es la constante tensión que, como director de grupo, mantienes todo el año, tomando decisiones para mantener el equilibrio, cuestionándote constantemente si has hecho lo correcto, ofreciendo la mano pero con la firmeza justa como para que no te cojan el brazo… De una buena dirección pueden depender muchísimas cosas, desde que las bromas pesadas no pasen a convertirse en acoso escolar hasta que un alumno no se vea arrastrado a un camino que nunca antes ha transitado y se vea reflejado en las calificaciones.

Y, sinceramente, creo que López Garai ha puesto sobre la mesa lo que quiere del grupo, tiene las ideas claras, y, poco a poco, los jugadores las van asimilando. Falta el rodaje de convertir lo nuevo en rutina pero, más importante, bajo mi punto de vista, es que las pequeñas decisiones del día a día sean las correctas. Al margen de las cualidades propias de cada jugador y de su carácter que, sin duda, son un factor determinante, influirá mucho la capacidad del técnico para acertar. El planteamiento es bueno, pero noto ciertas dudas a la hora de corregir los pequeños contratiempos en los partidos. En Ponferrada, tardó en reaccionar un mundo una vez que los suyos encajaron en 2-0 y se desorientaron por completo, ante Las Palmas, le costó contrarrestar los cambios tácticos de Pepe Mel tras el descanso que cambiaron el guión de la primera parte.

Obviamente, su conocimiento de la plantilla aún no es el que tiene un profesor en el mes de marzo, aún pueden cambiar mucho sus percepciones, porque, los entrenamientos son una cosa, los partidos son otra, puesto que en ellos se ve la toma de decisiones de los jugadores en las distintas situaciones, su fortaleza mental y su capacidad de tirar del equipo. Y me temo que esa capacidad de liderazgo y de lectura de partidos puede ser fundamental para que este Tenerife nos de algo más de tranquilidad que años pasados. Por de pronto, necesitamos 46 puntos más.