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El peso de una camiseta (8-7-14)

Por @beatrizpalmero

Con la camiseta no se ganan partidos. Los partidos se ganan sobre el césped. Uno de los grandes lugares comunes del deporte. Una verdad inmutable. El pan nuestro de cada día en el fútbol y, sí, también en este insípido Mundial que estamos viendo. Un Mundial en el que solo Alemania había demostrado, entre las grandes, que tiene una idea clara de juego (confianza en Löw desde hace años, mismo bloque de jugadores) que no parte del miedo, el miedo a perder o a encajar o a no ganar. Otros hablarían de que no se abandonan al resultadismo que se ha impuesto en el fútbol mundial. Yo prefiero más bien hablar de valentía.

Porque ha habido pocas selecciones valientes. Miedo es el que vimos en España. Miedo a no recuperarse a tiempo de la resaca del éxito, miedo a hacer el ridículo como en la final de la Copa Confederaciones, y, tras caer estrepitosamente con Holanda, miedo a salir por la puerta de atrás. Vimos miedo también en Italia a quedarse en la primera estación tras la expulsión de Cladio Marchisio y después de habernos regalado un debut maravilloso . He visto en una Argentina gris el miedo a que no apareciera Messi para arreglarles el encuentro y miedo en Brasil, tanto ante Chile como ante Colombia (sólo hay que ver los cambios de Scolari ante los cafeteros), a no cumplir el camino señalado de antemano como campeón en casa, como vengador del ‘Maracanazo’ infligido por Uruguay. Mucho miedo y poca hambre.

Sólo he visto esas ganas de comerse el mundo en selecciones a las que no les pesa la camiseta ni la historia: México, Costa Rica, Colombia, Argelia. Entre las ‘grandes’ sólo he visto esas ganas de luchar por algo grande en Alemania y Francia.

Y así, a la precisión alemana, a su intensidad, a su hambre, se unió una Brasil sin orden, con miedo a fallar en casa que se añadía al miedo de perder a sus dos mejores jugadores. Un gol tempranero en el que la defensa hace aguas, y el miedo se multiplica por mil, se convierte en terror, en pánico. Un cóctel mortal si no tienes la cabeza fría.

Y Brasil no la tenía. Su país había ganado el Mundial antes de jugarlo, como le pasó en el 50 (qué poco aprendieron de aquella final en Maracaná), había diseñado la final perfecta, ante Argentina, el eterno rival futbolístico.  El camino trazado se había cumplido, con alguna ayudita arbitral, todo hay que decirlo. Era el escenario perfecto.  Pero Brasil ha dejado atrás el ‘jogo bonito’ para jugar a algo muy diferente que no les favorece, hace tiempo que no tienen un nueve deslumbrante y ha confiado toda su magia a un joven de 22 años. Sí, Pelé tenía 17 cuando encandiló al mundo. Pero al lado tenía a Garrincha, Didí, Vavá, Zagalo, Zito, etc. Puro fútbol. Qué mala combinación, traicionarse a sí mismo y el miedo al fracaso.

Hay camisetas que pesan, que dan miedo, miedo a no estar a la altura. Una que lleva cinco estrellas más que ninguna otra. Por eso tiene más mérito quien usa esa historia como una motivación, como un aliciente para ser fieles a un estilo, para tener fe. Y ojo, que Alemania está ahora ante la prueba más dura del mundial. Y no me refiero a su rival en el partido decisivo, sino a que se marchen a dormir hoy con la convicción de que, tras la exhibición dada en Belo Horizonte, tras haber pasado para siempre a la historia de este deporte, el Mundial ya es suyo. Porque, ya saben, los partidos se ganan en el campo, no por lo que hayas hecho antes. Aunque eso que has hecho antes sea humillar al pentacampeón en el salón de su casa.