Por @juanjo_ramos
El nombre. El cartel. La reputación. La fama. Llámenlo como quieran. Pero vivimos más de eso que de la realidad. Por eso, cada verano nos lanzamos como aficionados a periódicos, radios, televisiones, páginas web y redes sociales en busca de la última novedad. De un nombre con el que ilusionar nuestros corazones blanquiazules. Y hace años ya, desde el descenso a Segunda B, no llega. Pasan las temporadas y no nos acostumbramos a que el fútbol ha cambiado.
Desde la implantación de los topes salariales, se sabe quién tendrá a los mejores jugadores en sus filas. Otros, con menos presupuesto, deberán arreglárselas para ahorrar un poquito por aquí y otro poquito por allá si quieren invertir en un puesto concreto. En la mayoría de los casos, el esfuerzo no será correspondido. Porque ese primer objetivo, esa Michelle Pfeiffer (Alfonso Serrano dixit), acabará yéndose con alguien más alto, más guapo y con un cochazo aparcado en la puerta. Por seguir el ejemplo gráfico.
Al Tenerife se le han caído Ángel y Chuli como el año pasado se le cayeron Ángel y David Rodríguez. Sí, no me equivoco. El tinerfeño es la eterna aspiración. Pero él, dolido por su salida, porque le importa un pimiento el equipo de su tierra o, simplemente, porque considera que es lo mejor para su carrera, da calabazas una y otra vez. Me da que ésta es la última y que la puerta se le cierra. No me parecería una locura. Aunque nunca se debe decir de esta agua no beberé.
El caso, para no desviarme, es que los delanteros con nombre no quieren venir. O lo que es lo mismo: el club insular no llega a sus pretensiones. Y es aquí cuando entran esos desconocidos que luego despuntan. ¿Qué pensábamos de Aitor Sanz cuando llegó? ¿Y de Carlos Ruiz? Salgamos de aquí y ampliemos el foco. Algunos de los delanteros que se han salido en la recién finalizada temporada casi no encuentran equipo el verano pasado. Los Borja Bastón, Urko Vera o Fran Sandaza eran… del montón. Al menos, no tenían esa fama de goleador, de fichaje con rendimiento asegurado. Y lo dieron.
Pero no nos terminamos de meter en la cabeza que hay que esperar para opinar. Por eso, Pedro Martín “el del Mirandés” nos sabe a poco. Aunque cuatro o cinco equipos de Segunda le quisieran. Por eso, nos ponemos nerviosos cada temporada cuando los fichajes no llegan. Y pedimos cantera en lugar de traer a peninsulares desconocidos que luego “no sirven” o que vienen “a llevárselo crudo”.
En esa contradicción estamos. Nerviosos porque no llegan los refuerzos (a mí también me inquieta que solo haya una incorporación), reclamando cantera a sabiendas de que los Ángel, Jeffren, Omar y compañía no quieren o no pueden venir, pidiendo nombres que solo están al alcance de los clubes con presupuestos superiores y exigiendo aspirar al ascenso. En esa pelea permanente nos olvidamos de la palabra que tanto eché de menos la temporada pasada: unidad.
¿Pero para qué unirnos si se desahoga uno mejor repartiendo palos y diciendo que todo está mal? Que se lo pregunten a Aridane, goleador del ascenso a Segunda B con 27 goles, y exiliado a Tailandia por la falta de cariño y respeto de un sector del tinerfeñismo. Como Juanjo Expósito, que solo metió tres goles y estuvo cinco meses en la Isla, se fue llorando. Debe ser que las lágrimas de uno valen más que las del otro.