Por @josefelipem
Un cambio de un delantero por un defensa cuando el Génova perdía por 4-0 provocó uno de los momentos más escandalosos de la liga italiana de la temporada 2011/2012.
Los locales caían con rotundidad cuando Alberto Malesani, su entrenador, decidió dar entrada a Kaladze por Giuseppe Sculli, fue entonces cuando los ultras del Génova interrumpieron el duelo con una exigencia: querían que sus jugadores se quitaran las camisetas por no ser «dignos» de llevarlas. Sculli fue a su zona. No le tembló el pulso, porque su abuelo era Giuseppe Morabito.
Nacido en Locri, en Reggio Calabria, Sculli debutó en el Crotone, uno de los clubes de una región castigada y dominada por la Ndrangheta, la mafia calabrese, de la que su abuelo, Giuseppe Morabito era uno de sus líderes. Morabito ejercía el control de la organización desde que en la década de los 60 ordenó asesinar a otros jefes de la misma, siendo considerado una de las personas más peligrosas del país.
Incapaces de dar con su paradero, la Policía ideó un plan. Conocedores de que estaba muy orgulloso de la carrera futbolística de su nieto, los agentes comenzaron a vigilar a Sculli, algo que, finalmente, no hizo falta. Morabito fue detenido en su escondite calabrés; el problema ahora lo tendría el nieto.
Debido a la posibilidad de poder recibir ataques, Sculli tuvo que vivir con escolta, incluso en los entrenamientos de su equipo. Además, en su complicada vida, en la que estuvo bajo sospecha de estar detrás de amaños de partidos y de amenazas para favorecer a una candidata política en el pueblo donde vivía su familia, Giuseppe vio como su padre, funcionario del Ayuntamiento de Bruzzano Zeffirio y su tío Rocco eran también detenidos por delitos relacionados con la Ndrangheta.
Por eso, 22 de abril de 2012 al jugador no le tembló el pulso. Mientras los ultras del Génova lograban interrumpir el duelo, cuando varios de sus compañeros, asustados, lloraban sobre el césped del estadio Luigi Ferraris, Sculli fue a hablar con ellos, les explicó que iban a seguir jugando. Fue el último en quitarse la elástica roja y azul del equipo para, rápidamente, volvérsela a poner, mientras su compañero, el portero francés Sebastien Frey, insultaba a parte de aquellos seguidores. El partido acabó por disputarse en medio de un silencio casi sepulcral, la ley del silencio de la Ndrangheta, dijeron algunos.