Por @beatrizpalmero
He crecido al mismo tiempo que el Heliodoro. La primera vez que lo pisé las gradas de tribuna eran de cemento, rosas y blancas y podías ponerte al sol mientras te vigilaba el busto de Rodríguez López, ahora casi escondido. A la derecha, la grada de general de pie era una multitud que no paraba de rugir y a la izquierda las gradas de madera de Herradura vibraban con la afición. La primera vez que estuve en ellas pasé miedo. Me imaginaba cayendo entre las tablas aunque me encantaba estar en el descanso bajo ellas a la sombra del inmenso árbol que parecía cobijar a todos, incluso a la cantina.
Luego, durante un tiempo, mientras remodelaban la Tribuna, aquellos tablones nos acogieron con los brazos abiertos y les perdí el miedo. Y estrenamos la grada nueva justo antes de estrenar la Primera División. Y fue maravilloso consolidarse en la categoría mientras aquel estadio cambiaba.
Soy incapaz de olvidar la magia que desprendía el Heliodoro aquella temporada en la que los de Benito Joanet nos llevaron a Primera. Recuerdo a los aficionados encaramados a las vallas verdes mientras la ola recorría las gradas. Recuerdo estremecerme cuando el Tenerife marcaba un gol y sentir cómo me contagiaba aquella alegría de forma inexplicable. Recuerdo ir corriendo cuando se desplegaba aquel túnel de vestuarios a pegarme a la rejilla para ver más de cerca a todos los jugadores.
Cuando salía, esperaba con ansia que pasaran los 15 días para volver de nuevo a disfrutar aquellas sensaciones que en la vida de una colegiala de 11 años no existía. Hasta organicé una visita de la clase a un entrenamiento en mi afán de que mis compañeras entendiera donde nacía aquella pasión. Ninguna la entendió.
Yo a veces tampoco la entiendo. Hace tiempo que esa magia que me cautivó la siento solo a cuentagotas. Probablemente es que ahora soy una adulta, que cumple años y va notando las arrugas, igual que el Estadio. El Heliodoro a veces es cruel, otras veces es frío, otras injusto. Y me doy cuenta de cuánto ha cambiado el fútbol. Pero siempre, siempre, hay un momento en el que salta la chispa y vuelve a emocionarme.
Porque hay ocho mil fieles que no fallan nunca, siempre al pie del cañón, llueva, truene, esté el equipo en descenso, juegue mal o les disguste el entrenador. Y son ellos los que hacen magia. Los que a veces me hacen sentir aquello que me cautivó de pequeña. A esos es a los que hay que cuidar. Los demás, bienvenidos sean y cuanto más mejor, y por supuesto que hay que hacer cosas para engancharlos. Pero son los otros los que necesitan mimos. En esa fidelidad reside la magia, la que se transmite de generación en generación. Y que no se apague nunca.