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El gen competitivo

Por @beatrizpalmero

Decía Magic Johnson, mítico jugador de Los Ángeles Lakers, que no había que preguntarse qué podían hacer por ti tus compañeros de equipo, sino que podías hacer tú por tus compañeros de equipo. Y esa frase me ha venido a la cabeza este domingo, durante la final del Mundial de baloncesto que acabó con el segundo título para España. Una España en la que cada uno aportaba lo mejor de sí para el grupo, en la que el sacrificio de unos servía para que brillaran otros y viceversa.

Y, sinceramente, no creo que esta selección tenga la calidad de la que subió a lo más alto del cajón en 2006, de los Pau Gasol, Juan Carlos Navarro, Jorge Garbajosa, José Manuel Calderón…;  pero sí tienen algo en común, algo que los que aún permanecen de aquella generación (Marc Gasol y Rudy Fernández) han sabido transmitir a sus compañeros: el gen competitivo, ese afán por ayudar al compañero a dar lo mejor de sí.

La selección que hemos visto crecer en este campeonato no es diferente aquella que nos preocupó tras caer ante Rusia por 19 puntos tres días antes de comenzar el campeonato. A cualquier otro equipo le habrían entrado dudas. Pero a este, solo le dieron ganas de levantarse y aprender de los errores para no tropezar otra vez. Porque, por encima de todas las cosas, ha aprendido a competir, a aprender de lo que hace mal y repetir lo que hace bien, a ser solidario con el compañero para que se sienta más cómodo, a apretar los dientes cuando las circunstancias vienen mal dadas. ¿Qué esto no me funciona? Cambiemos el rumbo y probemos otra estrategia. Y todos a muerte con ella. Y todos peleando a muerte cada balón, como demuestra las eliminaciones de dos jugadores en la final mediado el último cuarto.

Si a la calidad sumamos ese gen competitivo, ese saber levantarse, no sólo con orgullo, sino con cabeza, tenemos un EQUIPO. Con mayúsculas, un equipo al que será difícil batir en cualquier circunstancia.

Ese gen lo quisiera ver en cada uno de los equipos que sigo. Porque competir en cualquier circunstancia con las armas que uno tiene, sean más letales o no que las del rival, sólo nos lleva a una emoción: la de salir feliz de cualquier partido, independientemente del resultado. Porque, sí, ganar es maravilloso, pero salir sabiendo que mi equipo, pese a la derrota, volverá a emocionarme en el siguiente partido, eso, no tiene precio.