Por @MaverickGold
Cuando tener una expectativa deja de ser una ilusión y se convierte en una obligación llega el fracaso. Esa rotundidad no deja de ser una verdad a medias, pero lo cierto es que la palabra fracaso se suele asociar mucho con el deporte y sus desafíos. Pongo un par de ejemplos muy cercanos: ¿Que el CD Tenerife no llegue a disputar el play-off de ascenso se puede considerar un fracaso? Entiendo que no. Y lo razono desde la óptica del buen trabajo que se viene realizando por parte de la plantilla y el cuerpo técnico.
Desde que en la jornada 11 José Luis Martí cogió las riendas del Tenerife ha habido una evolución evidente, pero de momento no está dando para colarse entre los seis primeros, aunque las matemáticas otorguen al equipo blanquiazul opciones reales de acabar en esos puestos de aquí al final de Liga. Pero, más allá de la lógica frustración de no pelear por un objetivo tan bonito, no deja de ser algo acorde con la sensación de provisionalidad que se le dio al proyecto deportivo siendo éste el último curso de mandato del actual Consejo de Administración.
El Tenerife tiene once partidos por delante para convertir una ilusión en una realidad, y se lo está currando a pesar de su pobre bagaje arrastrado de las 10 primeras jornadas. Después está el prisma subjetivo de cada uno, para englobar este tránsito por Segunda División como algo mediocre o no. Todos aspiramos a un Tenerife que sea candidato a todo, pero en el intento de conseguirlo hay que detenerse en los errores del pasado que conducen a este presente de incertidumbre en el que cada paso en falso se tilda de fracaso.
Fracaso fue irse a Segunda División con una plantilla millonaria en el año 1999. Fracaso fue caer en el pozo de Segunda B en 2011 tras no saber amarrar las bases de un Tenerife en Primera tan solo un año y medio antes. Pero cuando pones todo de tu parte y no consigues el objetivo trazado, nunca puedes hablar de fracaso aunque sí cabe la decepción y la frustración por otro año sin algo atractivo que llevarnos a la boca.
El otro ejemplo lo tenemos en baloncesto. La temporada del Iberostar Tenerife está siendo espectacular. Mucho más si tenemos en cuenta los obstáculos que aparecieron en el inicio de la competición. El Canarias divierte y gana, y por supuesto pierde partidos como cualquier equipo modesto. Pero la modestia no está reñida con la ambición, y el club aurinegro tiene a tiro de seis victorias más meterse en el play-off por el título.
Que lo consiga o no dependerá de varios factores, pero pase lo que pase en los nueve encuentros que restan de Liga regular aplaudiré el año que firmará el club, aunque acabe fuera de las posiciones de honor de la ACB. Aplaudo el trabajo de un club serio y modélico, en el que se me hace imposible hablar de fracaso, y aplaudo la intensidad y entrega de la plantilla canarista que lucha por un objetivo difícil pero apasionante.
Fracaso tienen en sus vidas aquellos que solo se amparan en lo superficial para sacar el látigo de la crítica despiadada. Aquellos que no hacen lo suficiente el amor y tienen un nudo permanente en sus pelotas que le impide ver que detrás de conseguir o no un éxito hay múltiples factores que te pueden frenar. Fracaso tienen los que viven permanentemente de los errores de los demás para recrearse en ellos como hienas. Hace tiempo que leí que el fracaso es algo inherente al hecho de progresar, y a saber levantarte tras una caída, por lo que tenemos que dejar de ver el fracaso como el final de algo y hacerlo como una oportunidad para continuar trabajando con las correcciones necesarias.