Por @juanjo_ramos
Aritz López Garai camina con paso firme en cada rueda de prensa. Habla claro, es sincero y no esconde sus sensaciones. Algunas, como el reconocimiento de que su crédito se agota, le perjudican. ¿Pero para qué ocultarlo? En la farsa y el show en que se ha convertido el fútbol extraña que alguien se maneje con semejante rectitud. Yo aplaudo su naturalidad, aunque sus palabras puedan servir, en función de los resultados, para allanar el camino de su salida.
De momento, ese debate latente no ha copado horas de discusión en el tinerfeñismo. Hay quienes ya sostienen que el técnico vasco no sacará adelante a un Tenerife metido en puestos de descenso. Pero no parece, por ahora, un sentir mayoritario. Y eso es lo que, dada la trayectoria reciente, más debe valorar López Garai. Anida en la afición birria la esperanza de que los ratitos de buen fútbol se conviertan en constante y los errores que han condenado al equipo semana tras semana pasen a un tercer plano.
Puede que a la hora de referirse a sus jugadores, sobre todo a los errores que cometen, llegue a sorprender la crudeza del técnico de Baracaldo. Que el método más acertado no sea este. Pero nadie le podrá negar que es justo, que trata a todos por igual a la hora de enumerar estas situaciones o que está en la búsqueda de soluciones. Basta con el ejemplo de Alberto. Este jueves desveló que ha hablado en varias ocasiones con él, que entiende sus correcciones… pero que se olvida tres o cuatro semanas después. Todo un síntoma.
Es de esos casos en los que te gustaría que el protagonista triunfara. No solo por el bien del equipo blanquiazul, sino por su talante. Pero aparte del discurso, López Garai debe aportar soluciones. Ahí es donde está fallando hasta ahora, en la gestión de onces y cambios. En la lectura de los partidos. Si la clarividencia de sus intervenciones ante la prensa se traslada al campo de fútbol, mucho tendrá ganado el Tenerife.