Skip to main content Scroll Top

El deporte y Mandela (11-12-13)

Por @jf_rojas

Reponen estos días en varios canales de televisión “Invictus”, la película basada en un relato de John Carlin que cuenta un episodio real de la selección sudafricana de rugby para recordar a Mandela y su legado. Se ha escrito y hablado muchísimo tras su muerte pero hay pocas maneras mejores para entender la obra de Nelson Mandela que conocer su historia con los llamados springboks. El deporte, menospreciado con frecuencia por trivial y superficial, encierra muchas veces una carga simbólica y humana que trasciende a la mera competición física. La gente se aferra a sus equipos, interioriza sus colores e incorpora a su identidad los signos que les distinguen. Mandela lo sabía y por eso vio en el deporte la oportunidad perfecta para vertebrar el país que heredaba.

A principios de los noventa el rugby era un juego de blancos y la selección nacional de Sudáfrica, los llamados springboks, encarnaba en cierto modo el sistema racista e injusto con el que la minoría blanca afrikaner había condenado a la miseria a la mayoría negra durante décadas. Cuando Mandela  alcanzó el poder nadie esperaba el menor gesto de simpatía hacia un deporte que los negros detestaban pero en cambio consiguió para Sudáfrica la organización del Mundial de rugby de 1995. Y mucho más. Pese a la oposición y resistencia de los suyos se jugó todo su crédito luchando por mantener el color verde, el escudo de la gacela y el apelativo cariñoso -los springboks- por el que los afrikaners conocían a su equipo.

En un discurso mítico que la película reproduce en parte Mandela explica a su gente lo que esos símbolos, aparentemente menores, significaban para los afrikaners. “Ellos ya no son nuestros enemigos”, le dijo a una audiencia escéptica, “ahora son nuestros compatriotas y para ellos lo más sagrado es su equipo de rugby”. El presidente sabía que pisotear los símbolos de los springboks era echar más sal en la herida y poner palos a las ruedas de su sueño de una nueva Sudáfrica. De hecho, Mandela no sólo toleró a la selección sudafricana sino que durante el Mundial la alentó activamente todo cuanto pudo haciendo exhibición pública de sus colores y hasta enfundándose la camiseta verde para espanto de sus seguidores más radicales.

Invictus nos habla de Mandela y de la colosal dimensión de su liderazgo. De cómo un hombre es capaz de acallar su personal resentimiento hacia la gente que le robó la vida a cambio de construir una nueva nación desde la idea de la reconciliación. Pero la historia también nos habla del deporte y de su inmenso potencial simbólico y representativo. De como una simple competición deportiva es capaz de unir a todo un país enfrentado por profundos recelos y  agravios. Y de cómo un grupo de deportistas consigue una hazaña que estaba muy por encima de sus posibilidades impulsado por una misión superior. El deporte, pese a los estímulos que nos ofrecen para pensar lo contrario, es un instrumento extremadamente útil para la cohesión y la unión de los pueblos. Mandela lo entendió y nos lo demostró a todos.