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El culebrón del verano (19-8-14)

Por @beatrizpalmero

Las desavenencias entre Real Murcia y la LFP no tienen nada que envidiar a las que mantenían Crystal y Luis Alfredo. El peor culebrón que he visto, con diferencia. Porque la diferencia es mucha y radica en que, cuando hablamos de equipos, hablamos de los sentimientos de miles de personas que hacen posible su existencia: los de esos aficionados dispuestos a muchos sacrificios por sus colores. Y, en este caso, no se trata sólo de los aficionados del Murcia, ni los del Mirandés. Hablamos de los miles y miles de cada uno de los restantes 21 equipos de la categoría. Son ellos los que, como cuando nos sentábamos ante el televisor a ver el culebrón de moda, sufren con cada capítulo de la interminable serie. Y la de este verano ha hecho sufrir especialmente.

A fin de cuentas, los aficionados, que probablemente son los justos que menos voz y voto tienen en la gestión de los clubes y de la liga, son los que pagan esos platos que rompen los pecadores. Imposible no solidarizarse con los aficionados pimentoneros, porque a todos nos recorre un escalofrío de pensar que se puede pasar de luchar por el ascenso a Primera a estar en Segunda B por la mala gestión de sus dirigentes. Cierto que Jesús Samper ha sabido defender su club, una vez consumado el descenso, con uñas y dientes, pero los números están ahí: ha sido el único club incapaz de cumplir los ratios económico-financieros impuestos por la LFP. Unos ratios que se establecieron para evitar la deuda desmedida de los clubes y los impagos a jugadores y acreedores, razones que han llevado a muchos clubes a desaparecer.

Y, racionalmente, a nadie nos puede parecer mal que se controle económicamente a los clubes, porque ese control, no sólo evitará que los clubes y su historia se diluyan entre deudas, sino que también cumplirán sus obligaciones con Hacienda y Seguridad Social, tal y como hacemos religiosamente los ciudadanos de a pie, a los que no nos perdonan ni una.

Y no deja de ser injusto que, por un club que no cumple, se hayan visto afectados otros 21 que sí lo hacen, que a una semana del inicio de la competición no sabía si tenía que organizar un viaje o no, o buscar un amistoso en su lugar. Ni que se haya tenido en vilo a todos sus aficionados, ni al Mirandés que ha sido la parte silenciosa de esta historia. Un papel que el año pasado le tocó representar al mismo Murcia, favorecido por el descenso administrativo del Guadalajara. Claro que, entonces, a sus dirigentes no les pareció tan mal. Ni, por supuesto, a sus aficionados.

Y ahí llegamos al principal problema que veo en esta historia, y por el que cualquier aficionado puede sufrir exactamente lo que están sufriendo los pimentoneros. En general, los abonados, socios y accionistas sólo se preocupan de acudir religiosamente a los partidos y ejercer de supporters, pero rara vez, por no decir ninguna, se preocupan de controlar lo que sus dirigentes hacen con el club. Es cierto que no siempre existen los mecanismos para ello. En el Tenerife, por ejemplo, hace falta reunir más de un centenar de acciones para poder participar en la junta. Pero la información económica está al alcance de todos y poquísimos se preocupan de estudiarla y denunciar lo que está mal al menos para remover conciencias. Que ya cuando los desmanes nos aboquen a un descenso nos encargaremos de recordar que se está siendo injusto con los aficionados y con el sentimiento que representan. Por supuesto que sí. A fin de cuentas nuestro papel es el del eterno espectador que sufre porque parece que nunca llega el final feliz.