Por @beatrizpalmero
Llega un momento en la vida en el que, cuando cumples un año más, acuden a ti un sinfín de preguntas sobre el camino que has llevado, que llevas o que estás por llevar. Puedes elegir simplemente evitarlas y continuar caminando o puedes aceptar el reto y hacer balance de lo que eres y de lo que puedes llegar a ser. Porque cuando eres una jovencita con toda la vida por delante sólo te preocupa dar los pasos necesarios para alcanzar tus metas, pero cuando pasas de los treinta empiezas a preocuparte de si estás donde quieres estar, de ponerte nuevas metas si ya has conseguido las iniciales o de poner las bases para lograr las que te faltan, porque comprendes que el tiempo pasa más rápido de lo que eres siquiera capaz de discernir.
Estoy en esos días en los que me planteo si estoy donde quiero estar y si puedo hacer algo más para alcanzar el destino que me he fijado. Siempre hay algo que mejorar, algo que cambiaría, algo que habría hecho de otra manera. Obviamente, los pasos que uno ha dado no se pueden cambiar, pero sí los que están por venir. Porque no hay mayor verdad que la que rezan aquellos versos de Machado: “y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar”. Pero en esos pasos está la experiencia. Esos pasos nos han enseñado por qué es mejor pisar en un lado y no en otro y qué puertas podemos o no podemos traspasar en ese caminar.
Desgraciadamente dicen, y dicen bien, que el hombre es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Muchas veces pienso que hay piedras que siempre nos encontraremos en el camino, una vez y otra, porque están destinadas a acompañarnos en nuestro andar por la vida, a recordarnos constantemente que nuestro camino pudo haber sido otro. Están ahí como un mojón recordatorio de lo que pudo ser y no fue, de que podemos hipotecar nuestro futuro por una mala decisión o una decisión que no era mala en su momento pero que resultó, en cierta forma equivocada. Pero también es la piedra que nos recuerda lo mucho que puede llegar a ser, aunque el sendero, inevitablemente sea otro diferente.
Por eso, revisar quiénes somos y hacia dónde vamos es un ejercicio que no debemos evitar. Sobre todo si hay que afrontar cambios en el largo plazo. Porque hay que estar preparados para las curvas que vemos a lo lejos. Y ese ejercicio es, precisamente, el que debe realizar el Tenerife cuanto antes. Cierto que aún no se ha conseguido la permanencia, una lucha que se antoja más complicada de lo que parece viendo los números blanquiazules fuera de casa y con sólo tres encuentros por disputar en el Heliodoro. Pero no menos cierto es que ahora deben ponerse los cimientos del futuro proyecto. Si quiere volver de nuevo a ser un Tenerife sólido, con perspectiva a largo plazo, o si quiere continuar en el cortoplacismo de los resultados y en el dictado del viento a favor. Un buen refugio se construye para que resista los embistes del viento y de las olas, sólo así se puede sobrevivir no al mal tiempo, sino a la tiranía de las decisiones improvisadas y tomadas sobre la marcha. Siempre es necesario un lugar donde reflexionar qué debemos hacer para llegar hasta donde queremos.