Por @beatrizpalmero
Más de una vez he citado en esta misma columna a Eduardo Galeano, no sólo como gran escritor que fue, sino, sobre todo, como futbolero. Como buen uruguayo, ese país donde todos nacen “gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades”, era un apasionado de este deporte y se empeñó en demostrar que la buena literatura, que los intelectuales, no tienen por qué estar en contra de un deporte que muchos han considerado, parafraseando a Karl Marx, “el opio del pueblo”.
Y, siendo este 23 de abril el Día del Libro, no he podido dejar de acordarme de él y traer a colación uno de mis títulos favoritos El fútbol a sol y sombra. Lo descubrí por casualidad, pero cada vez que lo releo me reafirmo en la belleza que ofrece este deporte y que muchos están negados a ver. Galeano fue capaz de convertir en literatura hasta lo más sórdido de este juego, llenando los terrenos de juegos y sus protagonistas de metáforas imposibles y cercanas a la vez. No me extraña que, hace poco, mi amiga Luisa me lo regalara sin saber que ya lo tenía entre mis estanterías, porque pocos saben explicar como el uruguayo la magia que genera el fútbol en los aficionados.
Y este sábado me acordé de una de las innumerables historias escritas por él en este libro, una referida al árbitro que he releído, otra vez, paladeando su estilo único. Y, qué casualidad, en muchas de sus palabras, veía a Isidro Díaz de Mera, no sé por qué. Decía Galeano que “el árbitro es arbitrario por definición”, porque “ejerce su dictadura sin oposición posible” y da igual que puedas protestar con la cara llena de sangre que no ha pitado falta porque es un “verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera”. Y si no, sólo hay que fijarse en el momento en que, con la barbilla bien alta, hizo su número estelar abandonando el césped y dejando a boquiabiertos a todos los espectadores, que para eso es la ópera, para emocionar e impresionar a partes iguales. Y es que “su trabajo consiste en hacerse odiar”. Desde luego Díaz de Mera ha conseguido que más de 14 mil personas lo odien al mismo tiempo. Lo que no se puede obviar es que ha cercenado las opciones de que el Tenerife llegue al playoff, aunque, sin duda, todos estaremos de acuerdo que quizá ha tenido más que ver en eso la inexplicable primera parte que vimos hace más de una semana en el Reino de León, por ejemplo. Pero el árbitro es una excusa mejor.
Y así cierro este artículo cediendo la palabra al mismo Galeano, que escribe mil veces mejor que yo:
Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.