Redacción Deporpress | El Tenerife ganó al Girona. Sin discusiones. Fue mejor que su rival en todo. Compitió mejor que los catalanes cada balón dividido. Peleó, por fin, como un bloque sin fisuras. Sin regalos defensivos. Sin concesiones. Sin fallos de concentración. Pudo encajar, como sucede en casi todos los partidos, pero esta vez no lo hizo. Los futbolistas creyeron con la misma fe de siempre en lo que hacían. Pero, esta vez, les salió. El plan de Ramis funcionó porque supo interpretar bien las limitaciones propias y porque, además, ahogó las virtudes del Girona.
Tiene un mérito enorme, y hay que trabajarlo muchísimo durante los 90 minutos, para que un equipo con la calidad que atesora el catalán se desdibuje sobre el césped. Porque sobre el Heliodoro, con esa camiseta amarilla contra la que tanto motiva jugar, había hoy un buen puñado de millones de euros y calidad a raudales para decantar un partido. Samu Saiz o Monchu no son tuercebotas precisamente. Y ambos quedaron opacados porque el Tenerife supo jugar a que no jugasen. Lo mismo sucedió con Stuani, un delantero capaz de liártela en media oportunidad. Tuvo solo una. Muy al final del partido, en una jugada a balón parado que prolongó Bernardo y que el uruguayo cabeceó por encima del larguero de Dani Hernández.
Ahí se comenzó a cimentar el triunfo del Tenerife. El resto vino en el ejercicio de pragmatismo que desarrolló. A falta de una dinámica más propicia para proponer otro fútbol de mayor elaboración, Ramis planteó un partido de velocidad y juego directo. Ayudó en esa misión la titularidad de Apeh, que abarca mucho campo y obliga a que el adversario tenga que estirarse. Luego está su capacidad para chocar con los centrales gracias a su poderío físico, su despliegue para ir a buscar balones imposibles al córner cómo el que originó el segundo gol blanquiazul y la cantidad de segundas jugadas que es capaz de originar en la finca del rival. Lástima que nadie, hasta casi diciembre, haya apostado decididamente por jugar con él como compañero de Sol y con Bermejo en las cercanías. Los tres, juntos, tienen más gol que el resto del equipo.
Y, precisamente, también ganó el Tenerife por esa razón. Porque fue un equipo. Porque supo sobreponerse a las zancadillas y emboscadas habituales que le pone cada partido para que no llegue hasta la victoria. Este curso les ha pasado de todo. Pasó en el derbi. Ocurrió en Oviedo. Y, ante el Girona, también estaba aguardando la dichosa fatalidad. Perdieron por lesión a Apeh primero, a Folch después y a Joselu Moreno, que había reemplazado al atacante africano, a continuación. Por si todo este cúmulo de desgracias no fuese suficiente, el destino también esperaba con una roja, tan rigurosa como evitable, para Alberto Jiménez por bracear en exceso en su pugna con Nahuel Bustos.
Vencieron los blanquiazules porque capearon todas esas adversidades. Y porque, por fin, se van pareciendo a un equipo. Porque tienen a gente como Fran Sol que, independientemente de todo lo que aporta como futbolista, es capaz de formar un muro para proteger a Alberto mientras estuvo en el suelo y que nadie del Girona llegase a él. Gestos como ese también son de saber competir.
A falta de tiempos mejores. O de situaciones clasificatorias más desahogadas que solo llegarán tras una dinámica positiva que posibilite, por fin, la consecución de dos victorias (o más) consecutivas por vez primera en la temporada, el Tenerife también mostró un lado casi desconocido hasta ahora. Marcó dos goles en sus primeros tres tiros a puerta. Se adelantó en el marcador con Wilson y volvió a golpear a su adversario con Sol, anulando casi por completo cualquier atisbo de reacción visitante. Una virtud que se echaba mucho de menos. A la que algunos prefieren invocar llamándola suerte, pero que, como sucedió hoy, siempre viene precedida de un enorme ejercicio de eficiencia.