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Don Miguel y sus paraguas

por @juanjo_ramos

Suelo dividir en tres el mandato de Miguel Concepción al frente del CD Tenerife. Fue un presidente de bajo perfil, que dejó hacer a sus colaboradores y logró el ascenso a Primera entre 2006 y 2009. Entonces, el éxito le cambió. Suele suceder que los focos no te dejan ver la realidad.

Deslumbrado como estaba, dejó escapar el sueño de la Primera por no reforzar al equipo en el mercado de invierno. Desde entonces, nos ha querido convencer que fue Santiago Llorente el que no encontró refuerzos de altura y que José Luis Oltra acabó de rematar el descenso por no “amarrar más” en el centro del campo. Y como el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, el presidente coronó esa etapa de desaciertos con el descenso a Segunda B 25 años después de la vez anterior. Tocó fondo con un tercer tropiezo: el primer intento frustrado de volver al fútbol profesional mediante un acuerdo con Quique Pina que no llegó a completarse.

Esa cura de humildad inauguró su tercera etapa y le dio una lección: la vuelta a los orígenes, a la prudencia y el perfil bajo. A la confianza en sus subordinados. Acertó con Quique Medina, con Álvaro Cervera, el ascenso a Segunda A y hasta con el retorno de Alfonso Serrano. Como prueba, ese gol que faltó en Getafe para ver al equipo en Primera (16/17). Además, se impuso con claridad en las elecciones y ha impulsado proyectos como las obras de la Ciudad Deportiva o la puesta en marcha de la Fundación. Está, seguramente, en sus mejores años. Concepción cree que la experiencia le ha hecho mejor presidente. Puede que en parte sea así. Pero la realidad es que es la confianza en su equipo la que le hace más fuerte.

Por eso, su presente está lastrado por las decisiones que ha tomado por la presión social: la destitución de Cervera, la continuidad de Martí, la renovación de Etxeberria… También por la cesión ante el poder político en Canarias, como demuestra la procedencia de sus dos directores generales (Víctor Pérez Borrego y Pedro Rodríguez Zaragoza). Esos errores llevan su autoría exclusiva y él lo sabe.

El presidente del Tenerife vive cómodo bajo sus paraguas. Ante los problemas del club, suelen ser el gerente y el director deportivo los que se empapan bajo la lluvia. Incluso, en los últimos tiempos también el secretario general y el dircom. Concepción, en esos casos, se pone de perfil. Mientras no le caigan el aguacero y los rayos de los críticos interesados, vive feliz.

No se da cuenta de que criticar a sus subordinados es criticarle a él, que es el que los mantiene en el cargo. Habiendo avanzado el club en los últimos años, aunque sea a un ritmo inferior al deseable, y siendo Concepción el responsable último de esos logros, sigue habiendo cosas por hacer: falta estabilidad en la parcela deportiva y una línea más definida en los banquillos, falta un portavoz que explique determinadas cuestiones o defienda al club cuando sea necesario, falta modernizar los servicios médicos y el equipamiento, entre otras cuestiones. Esas decisiones dependen de él. De un presidente que debe ser más constante, elegir mejor sus apariciones y defender tanto a los suyos como los suyos le defienden a él. Solo así será tan buen presidente como él cree que es. Le honraría, aunque tuviera que mojarse cerrando sus paraguas.