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Redacción Deporpress | Ver un partido del Tenerife es un ejercicio de amor incondicional. Mucho tiene que gustarte tu equipo para sentarte ante el televisor dispuesto a ingerir una sobredosis de aburrimiento, nerviosismo y frustración como la que supone dedicar 90 minutos a empujar desde el sillón.

Ya sabes que vas a sufrir más que en una película de terror. Pero lo peor no es el sufrimiento, sino la impotencia que produce comprobar cómo estás varios escalones por debajo de los que, como el Leganés, ocupan la azotea de la clasificación. La impotencia también deja un hueco al enfado cuando, echas la vista atrás y compruebas que, ante rivales similares optas por comparecer con una injustificada suficiencia y, como sucedió ante el Sabadell, aprovechan esas facilidades para quitarte unos puntos muy valiosos.

El Tenerife sobrevive sin caer al descenso porque, por ahora, tiene a cinco equipos que son peores que el blanquiazul. Pero las señales son cada vez más preocupantes. Ramis no encuentra todavía la tecla adecuada para hacer funcionar al equipo. Normal y lógico porque, el pasado curso, a Rubén Baraja también le costó lo suyo exprimir el potencial que había. Y, como sucede también ahora, vivimos en esa fase en la que todo son dudas. Dentro y fuera del terreno de juego. Parece evidente que hay menos argumentos sobre el césped  y que Ramis tendrá que ‘inventar’ algo con lo que suplir esa carencia de recursos.

El equipo no ha sabido conciliar la agresividad con la que hay que competir para evitar que el Sabadell de turno te pase por encima con la precisión. Da la sensación de que si aumenta el ritmo de ejecución sube también de manera exponencial el índice de fallos en los pases. Y sin ese equilibrio, sin automatismos capaces de generar cualquier superioridad y sin nadie capacitado para dar un pase en ventaja a los delanteros volvemos, una y otra vez, a la frustración y el aburrimiento.

La consecuencia es que en las alineaciones hay cada vez más un giro a los de siempre. A los que, una campaña tras otra, tienen que sacar las castañas del fuego. Normal también. Los nuevos cada vez aportan menos cosas y lo peor es que, los que mantenían una línea de regularidad como Fran Sol, describen ahora una curva negativa en consonancia con el resto.

No sé cuál es la solución más inmediata a este círculo vicioso en el que, otra vez, ha vuelto a meterse el Tenerife por su mal arranque de temporada. Solo los resultados devolverán la confianza perdida. Pero ¿cómo conseguirlos con cada vez menos argumentos futbolísticos? Con un equipo que cada vez produce menos desde los costados y que, por dentro, carece de la precisión necesaria en los controles y los pases como para generar algo potable desde el juego de posición.

Ramis y sus futbolistas son los que tendrán que encontrar la vía más adecuada para sacar al Tenerife del agujero que sigue cavando jornada tras jornada. Pero, mientras eso sucede, harían bien en intentar que sentarse a ver un partido de los blanquiazules ante la televisión no sea un auténtico dolor.