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Dieciocho años (22-4-15)

Por @jf_rojas

Leo que han pasado ya dieciocho años desde que el Tenerife fuera eliminado por el Schalke 04 en las semifinales de la Copa de la UEFA. Un tiempo estimable aunque más corto que los cien años que sugieren las sensaciones que separan aquel equipo del actual. Nadie habría imaginado la triste noche de Gelsenkirchen el oscuro futuro que esperaba al club a partir de entonces. Aquel día el Tenerife alcanzaba su apogeo, culminando un periodo de crecimiento tan inesperado como la decadencia que ya tenía a la vuelta de la esquina. Durante algunos años el Tenerife fue el equipo de moda en el país, abanderado de un estilo de fútbol y a la vanguardia en la gestión y explotación de recursos. El club era más o menos todo lo que no es ahora, una entidad de primera fila capaz de arriesgar todo lo necesario para alcanzar el objetivo.

Esta no es una columna nostálgica para regodearse en todo lo que hemos perdido. El pasado puede funcionar como un lastre que te arrastra a la melancolía permanente pero también puede servir como objetivo y estímulo. No hay mejor medicina contra el conformismo que recordar que hace menos de lo que parece el Tenerife luchaba por disputar una final europea. Hacer memoria conjura cualquier tentación de dejarse llevar por los complejos y las excusas y nos hace ver que pese a lo que nos digan, otro club también es posible. El Tenerife no está condenado a una existencia de mayor o menor mediocridad en la Segunda División. Algunos vimos con nuestros propios ojos que la entidad es capaz de vencer con imaginación y empeño los obstáculos y por eso estamos convencidos de que podría volverlo a hacer.

Cierta gente apela al pasado del Tenerife como si fuera una semilla que plantó el veneno del inconformismo entre la afición. Defienden que aquello fue una especie de burbuja irreal que no representa la verdad de la entidad y que, por tanto, no puede dar la medida de la exigencia al equipo. Yo creo que aquel periodo fue una bendición no solamente por las experiencias vividas sino por la herencia que nos dejó. Uno es también lo que está dispuesto a exigirse y aquellos años demostraron que aunque le pese a los que no ven más allá de sus pestañas, con trabajo, acierto y ambición los límites están siempre mucho más lejos de lo que sospechamos. Ese Tenerife que vive en nuestra memoria encontró su límite en un campo alemán hace dieciocho años. No descartemos que la frontera Tenerife del futuro esté esperando igual de lejos.