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Detalles, por @RondosCutillas

El Tenerife puso freno a la caída libre que llevaba en las últimas cinco jornadas. Se reencontró con la victoria ante el Alavés (2-0) en el estreno de Pep Martí en el banquillo y propuso algunas cosas ciertamente interesantes que, si es capaz de refrendar, devolverán al club al camino del que nunca debió salirse.

De la etapa de Agné se decía que su equipo era intenso pero, aún con ese supuesto ingrediente, encajó un gol en los primeros diez minutos del partido hasta en cinco ocasiones. Esa intensidad con retardo, por definirla de alguna manera, se convirtió en un lastre demasiado pesado para un conjunto que, como la mayoría de los que habitan en esta igualadísima Segunda División, está cogido con alfileres.

El sábado la diferencia estuvo en que el Tenerife supo mantener la concentración para salir ileso de los primeros minutos porque Fabián Rivero, al que hay que felicitar por cómo preparó el choque ante los vascos, sabía perfectamente que empezar encajando podía dejar al descubierto esa cicatriz de vulnerabilidad que se hace más visible conforme avanzan las jornadas y no llegan los resultados. El Alavés no supo verla y, luego, también apareció esa pizca de acierto tan necesaria, como el que tuvo Dani Hernández para evitar el 0-1 al borde del descanso con una intervención de mucho mérito en un disparo escorado de un jugador visitante.

Es evidente que los blanquiazules tienen sus limitaciones y que el nuevo técnico no las va a borrar de la noche a la mañana pero me gustó que, al menos, se mejorase la salida de balón en campo propio. Sobre todo cuando los interiores se iban hacia el centro para que los laterales ocupasen el carril obligando, así, a que el interior del equipo adversario estuviese más pendiente de misiones de vigilancia que de presionar a los centrales del Tenerife o al pivote que se descuelga para recibir. Ese espacio que se genera ahora en esa zona permite que el que lleva la pelota encuentre siempre una solución más aseada en forma de combinación que el pelotazo con el que últimamente se resolvían las transiciones hacia la parte ofensiva.

El manual de estilo también ha variado un poco. Con este 4-1-4-1 se juega más por dentro, un aspecto que, finalmente, resultó decisivo porque los dos goles nacieron de la fabricación de ese último pase tan añorado que es capaz de dejar a alguien en la, hasta el sábado, utópica situación de verse ‘mano a mano’ con el portero rival. Cristo González y Aitor Sanz fueron los encargados de empaquetar dos regalos que Pedro Martín y Omar Perdomo validaron por los tres puntos al ponerles el lazo definiendo con solvencia.

Sé que aún es demasiado pronto para sacar conclusiones, pero admito que me emocionó la implicación del equipo y el hecho de querer defender hacia adelante incluso hasta con ventaja en el marcador. Aitor Sanz, liberado de las cadenas del trivote de Agné, ofreció su mejor versión y fue otra vez ese futbolista con recorrido en la búsqueda de la presión incansable para recuperar lo más cerca posible del área adversaria.

Ahora solo resta esperar que Martí siga imponiendo sentido común para construir el estilo de un Tenerife que, ante el Alavés, fue capaz de dejar algunos detalles como invitación al optimismo.