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Destituciones

Por @beatrizpalmero

 

 

No me acostumbro nunca, por mucho que pasen los años y que viva estas situaciones, a esa sensación extraña que se le queda a uno en el cuerpo con la destitución de un técnico. Es como si se me encogiera el estómago ante el vacío y la incertidumbre que vienen después. Y le llega a uno a la boca ese sabor amargo que nunca quiere probar, esa constatación de que no hay vuelta atrás y de que esa mala dinámica que llevas tiempo maquillando, intentado creerte que ese defecto es algo pasajero, se hace tangible de repente. La destitución viene a decir que tu equipo no va y que no se sabe a ciencia cierta si en un futuro irá. Y eso es lo peor.

La primera que viví, ya como redactora de deportes en ejercicio, fue allá por 2005. Fue la de Pepe Moré, que tan rocambolescamente había llegado al Tenerife, de la mano de Lobo Carrasco, que también caería con él. Lo despidieron, además, con nocturnidad y cierta alevosía y aún recuerdo un planazo de mi compañero Andrés Pérez del entonces ya extécnico junto a un enorme cartel de liquidación que una tienda exhibía tras él. Tan esperpéntico como la situación. Entonces trabajaba para el primer informativo de la mañana, el Buenos Días Canarias, y recuerdo perfectamente aquel nudo en el estómago, aquella sensación de vértigo por lo que estaba por pasar y la diligencia con la que mis compañeros se movían en aquellas aguas que yo empezaba a descubrir.

Lo que entonces no sospechaba es que me tocaría vivir situaciones más esperpénticas aún. El año siguiente pasaron hasta cinco entrenadores por el banquillo blanquiazul, entre ellos Antonio López, que tardó seis partidos en dimitir y en arrastrar a la directiva de Pérez Ascanio con él. Cinco pasaron también el año del descenso con Arconada encendiendo el ventilador antes de irse o Mandía contándome como escuchaba a Los Sabandeños antes de alinear a Pablo Sicilia de mediocentro. Ya en la categoría de bronce hasta tuve la suerte de contar que Tébar sustituiría a Calderón en un directo después de que el Sporting B de Abelardo nos pusiera en evidencia. Y en todos esos momentos, siempre ese mal cuerpo, esa mezcla tan rara de sensaciones, entre el gusanillo de la tensión que sientes por que no se te escape nada, por buscar la noticia, por estar en el momento justo cuando debes y ese miedo de ver cómo tu equipo toca fondo aderezado con la ilusión de que lo que venga sea para mejor.

Todas estas emociones juntas, acompañadas generalmente por un día particularmente estresante laboralmente hablando, siempre te dejan el cuerpo medio destemplado. Y, aunque es cierto que cuando trabajas en esto te queda ese regusto de haber salvado el día pese a luchar contra el reloj y quedar exhausta, también es inevitable involucrarte más, en lo bueno y en lo malo. Son meses de convivencia día tras día con técnico y jugadores, y siempre queda algo de magua cuando uno de ellos parte porque, a fin de cuentas, como he dicho alguna vez, uno cuenta los años por temporadas.

Puedes llevarte mejor o peor con quien se va, creer más o menos acertada la decisión, pero al final del día, siempre queda una sensación, que esto no es bueno para el Tenerife, y un deseo, que el que llega convierta en realidad la esperanza de que todo va a mejorar. Y si es Martí, encantado de tenerlo de nuevo en casa. Y mucha suerte, que la va a necesitar para torear en esta plaza.