| Por @beatrizpalmero
Este fin de semana despedimos la Liga de Primera División, y con ella a tres futbolistas que han marcado la historia de su club y, sin duda, la de los amantes de este deporte: Andrés Iniesta, Fernando Torres y Xabi Prieto. En el caso de los dos primeros, además, han contribuido a forjar la etapa más brillante del fútbol español a nivel de selecciones. Tres hombres de club, sencillos, ajenos siempre a las polémicas, con devoción eterna a los colores que siempre defendieron pero admirados y aplaudidos también por sus rivales, algo muy difícil de conseguir en estos tiempos en los que la opinión pública está polarizada. Tuve la suerte y el privilegio de estar presente en el Wanda Metropolitano este domingo en la emotiva despedida de uno de ellos. No soy colchonera pero era el único de los jugadores que alzaron Mundial y Eurocopa que no había visto jugar in situ y, no voy a negarlo, siempre he sido muy torrista. Y el ambiente me envolvió. Por un momento me sentí atlética y me emocioné como ellos, despidiendo a su buque insignia, sintiéndome uno más. Sentía el cariño de miles de aficionados hacia él, sentía sus lágrimas, y sentí el amor del propio jugador por su club. Y en medio de aquella despedida, sentí envidia. Pensé en los jugadores blanquiazules, en nuestros canteranos y en como se marchan del Tenerife. Y de la envidia pasé a la tristeza. En el pasado reciente, solo recuerdo una salida en la que existiera un cariño unánime hacia el jugador y que se expresara públicamente en el Heliodoro: la de Cristo Marrero, que jugó sus últimos minutos blanquiazules tras el último ascenso a primera en la última jornada de aquel año ante el Castellón. Una ovación merecida, y una rueda de prensa. Pero no un homenaje sobre la marcha, sentido, organizado desde el mismo club. La despedida de Ricardo, con el que fuimos bastante injustos tras el descenso a Segunda B fue más fría aunque seguramente sirvió para quitar la espina que le habíamos clavado tras su primera marcha. En cuanto al resto, algunos se van tras forzar la situación, en busca de metas más altas que aquí seguramente no conseguirían nunca, como en su momento lo hizo Torres, pero sin lágrimas en los ojos, sin ponerse la blanquiazul en sus éxitos, sin mirar la vista atrás, sin rueda de prensa para despedirse. Se van, la gran mayoría ilusionados, pero sin lágrimas, sin un rotundo volveré, sin volver a ejercer de blanquiazules en sus ratos libres, o hacerlo solo en petit comité, sin alardes, sin hacer mucho ruido, sin hacer partícipe en redes sociales a todos sus seguidores de que su corazón aún es blanquiazul. Y en muchos casos no tengo ninguna duda de que lo es, de que siguen a su club en la distancia, e incluso a algunos los veo en Heliodoro volviendo siempre que la competición en la que participan se lo permite; no tengo ninguna duda de que siguen esperando lo mejor para el Tenerife y con el deseo nunca confesado de que así a lo mejor pueden volver sin tener la sensación de que dan un paso atrás. Torres volvió después de ganarlo todo a colocarse el último de la fila y luchar por ser parte del equipo que nunca quiso abandonar y por lograr un sueño nunca cumplido. Volvió tras ejercer continuamente de embajador atlético en la distancia. Volvió con humildad, sin pedir nada a cambio. Y encontró todo el cariño del mundo, porque nunca necesitó mentir ni aspiró a nada más que a llevar con orgullo sus colores. Imposible que no se respirara emoción en el Wanda Metropolitano al decirle adiós a su niño, al que vieron crecer, triunfar y luchar por hacer un Atlético grande. Y yo, como él, no dejo de pensar que los sueños se cumplen, y que veré también al Heliodoro ponerse en pie emocionado para despedir y homenajear al mismo tiempo a uno de los suyos. |