Skip to main content Scroll Top

Despacito

Por @rondoscutillas

El CD Tenerife demostró el pasado domingo que no es de plastilina. Sobrevivió en las barricadas al asedio del Real Oviedo y conquistó una victoria por la mínima (1-0) que alimenta, aún más, el sueño de que todo es posible si la Liga acaba en año impar. Sin ritmo ni soltura para llevar el timón tras adelantarse en el marcador, el grupo de Martí se refugió en la trinchera y combatió con lo que pudo, pero arropado por 17.000 almas, a la desconexión a la que lo sometió su rival.

El triunfo tiene doble mérito porque lo construyó sobre la sensación de estar desplomado durante más minutos de los deseables. Y sin que nadie apareciese en el radar para interpretar el guión de lo que pedía el encuentro, pese a los esfuerzos del técnico por contener el empuje del adversario moviendo el banquillo.

A los blanquiazules los salvó su espíritu competitivo. Su tenacidad por conseguir el objetivo. Convivieron a un dedo del empate desde que Aitor Sanz convirtió el penalti que desencadenó el único tanto del choque. Y el resto lo puso el grupo. El compromiso de un puñado de jugadores que se alista a vivir, sin titubeos, las emociones fuertes que se han ganado con su extraordinaria racha de resultados. Y también la unidad con la grada, tan huérfana de alegrías que, esta vez, respondió masivamente al primer guiño cómplice para lograr algo importante.

No es la primera ocasión que lo hago este curso, pero las siguientes líneas van para Dani Hernández. Su inspiración ha dado al Tenerife multitud de puntos este curso. Gestos tangibles, como mirar hacia otro lado cuando su selección jugó eliminatorias para el Mundial de Rusia 2018, hablan claramente de que antepone el amor hacia los colores que defiende por encima de su prestigio a nivel internacional. Y también que prefiere perder dinero, al no ir con la ‘vinotinto’, por seguir junto a sus compañeros en los decisivos duelos ante el Cádiz y el Oviedo.

El Tenerife ha entrado en abril, el mes en el que aciertos y errores se miran con microscopio y suelen equivaler a la antesala de buenas o malas noticias en mayo y junio. Estamos en una etapa de la temporada en la que solo sobreviven los equipos que saben convertir los buenos resultados en tendencia y que cosechan derrotas con bastante intermitencia.

Y, precisamente, en ese berenjenal de reveses ya se ha metido solito el Girona. Los catalanes, con tres derrotas consecutivas, empiezan a sufrir los mismos síntomas del mal de altura que los apearon de ascensos casi cantados en las últimas temporadas. Los inquilinos de la última plaza de ascenso directo son especialistas en perder sus rentas en el epílogo y ahí es donde, quizá, está la mejor oportunidad del Tenerife para hacer realidad su gran aspiración.

Para mantenerla viva hay que intentar ganar en Vallecas a un Rayo al que, los caprichos del calendario, van a cruzar con los blanquiazules coincidiendo con el mejor momento de su temporada. Los franjirrojos, aún con los mismos puntos que el último equipo que ocupa plaza de descenso, también tratarán de ganar por todos los medios a su alcance y prolongar la racha de 7 puntos de 9 posibles que llevan desde que Míchel accedió su banquillo.

Por eso, en esta isla tan novelera y amiga de pasar sin anestesia de la euforia a la lágrima y viceversa, la situación actual debe ser tomada como una invitación a la cautela. Mal haría el Tenerife en olvidar los ingredientes que lo han llevado a su estatus actual porque, para dar el costoso paso que falta, hay que caminar todavía con más firmeza que ahora. Y hacerlo despacito.