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Desde Madrid

Por @PatriciaRLosada

Han pasado tantos días y semanas de confinamiento, que la mayoría de nosotros ya dejó de llevar la cuenta. Aun así, el cálculo se hace rápido: el 9 de mayo habremos vivido los dos últimos meses encerrados en casa.

Madrid sigue siendo el epicentro de la pandemia en España y eso hace que la cuarentena aquí se lleve de forma más desalentadora que en otros lugares. Por las calles del centro, lejos de pasar coches de policías o bomberos con música a todo volumen, hay un constante silencio que solo se interrumpe a las 20:00 horas.

En ocasiones, tras el aplauso al personal sanitario y el repertorio musical elegido por algún vecino, que suele incluir el himno español y Resistiré, viene lo que llaman, con una palabra tremendamente peninsular, “cacerolada”. Un ruido de calderos que lo mismo sirve para protestar contra la monarquía que para pedir la dimisión del gobierno actual (vivo en un barrio algo complejo ideológicamente).

Al contrario que en la mayoría del país, en Madrid se siguen registrando repuntes puntuales de contagios y también un gran número de fallecidos. La semana pasada, murieron 751 personas con síntomas de coronavirus solo en residencias de mayores.

Hay sitios en la capital que han cambiado recientemente y hasta las banderas de España, que hay en tantos puntos de la ciudad, ahora ondean a media asta. Ifema o el Palacio de Hielo, son claros ejemplos de adaptar un lugar a las necesidades de la pandemia. Sin embargo, Gran Vía no. No hay ataúdes en las aceras.

Este periodo está sacando lo mejor y lo peor, tanto de las personas, como de algunos partidos y representantes políticos que están viendo ventaja en medio de una crisis mundial para hacer campaña electoral sin tener si quiera un mínimo de sensibilidad.

Hay quien asegura estar aprovechando la cuarentena para desarrollarse a nivel personal, pero, lejos de romantizarla, lo ideal sería que sirviera también como margen para una reflexión que, pasada esta pandemia, debería convertirse en crítica.

Superada la barrera de 20.000 fallecidos por COVID-19 en todo el país, la epidemia parece no tener fin y, no obstante, tras esta primera ola vírica no es descartable que en un futuro se produzca una segunda. Aun así, esta situación, que no puede analizarse más que con pesimismo, parece acercase un poco a su final. No podremos volver a nuestras vidas de antes todavía, pero sí a pasear con niños o a, lo que seguramente venga después, salir a hacer ejercicio.

Algunas comunidades comenzarán a recuperar parte de sus rutinas en unas semanas, seguro que Canarias estará entre ellas, pero los que nos encontramos en la capital sabemos que seremos probablemente los últimos en volver a ver algo de normalidad.

Mientras, todos los días son iguales. Uno tras otro. Y es cuando más valoramos la libertad cotidiana: coger el coche o el avión para ir a ver a nuestras familias y amigos, caminar por los paseos marítimos hacia la playa o por la calle de Fuencarral hasta Sol, impacientarnos por los minutos que tarda en pasar la guagua o el metro, querer ir a las romerías y verbenas o a las fiestas de San Isidro y la Paloma.

Nos quedan por delante meses difíciles. Un desconfinamiento largo y desescalado que se nos hará, al igual que el encierro, eterno. Eso sí, seguro que a partir de ahora valoraremos mucho más todo lo que teníamos hace dos meses y que forma parte de una añorada vida normal que estamos impacientes por recuperar.

  • Patricia Losada es periodista tinerfeña que vive en Madrid, donde trabaja para la Agencia EFE.