Por @beatrizpalmero
Ser consumidora de medios, en lugar de formar parte de ellos, da, después de tantos años, una perspectiva distinta de lo que llamamos actualidad. Desde fuera se consume la información a la carta y cuando uno desea, y no pasa nada si un día no abres el diario o enciendes la tele. Los periodistas somos esclavos de lo que sucede, porque si un día llegamos a trabajar y nos falta información haremos peor nuestro trabajo. Imagínense llegar después de una semana de vacaciones y preguntar a Martí si piensa prescindir del trivote. Y que el entrenador, incrédulo tenga que contestar, con educación, que ante el Getafe prescindió ya de Marc Crosas. Y en un minuto, tu credibilidad como periodista queda reducida a cero, no sólo ante el protagonista, sino ante tus compañeros.
Así que los periodistas somos adictos a la información porque es imprescindible para hacer bien nuestro trabajo, para interpretar la realidad y contarla como es debido. Pero a veces, tanta información, aunque resulte contradictorio, nos impide profundizar en los hechos, porque nos abruma los datos, lo accesorio, lo cotidiano. Mirar los árboles desde fuera nos deja ver el bosque, en su conjunto, sin tener que pensar qué vendemos hoy.
Tras el empate ante el Getafe me conecté a la información, a ese mundo del que ya, en cierta forma, no formo parte. Abrí el Twitter, escuché la radio y leí la prensa en internet. Solo encontré los mil (o eso parece) defectos de este Tenerife que ha empezado mejor que otros años y que, ahora mismo, está en una zona tranquila, algo que no podíamos decir las últimas tres temporadas a estas alturas. Ya no estaba el trivote, pero de eso no se hablaba, ni de la constancia de un Tenerife al que, en la primera parte, sólo le faltó generar superioridad ante un equipo que defendía con once en su área y que venía a puntuar sí o sí. Tampoco leí nada sobre la superioridad de un Tenerife que jugaba con diez, ante un Getafe que nunca dio la sensación de poder superar a su rival. Cierto que si vimos a un portero en el Heliodoro fue a Dani Hernández, insuperable bastión para un equipo entregado al contragolpe ante un Tenerife volcado. Con diez. Ese Tenerife épico, que supera las adversidades, valiente. El de la segunda parte. Ni palabra. Hasta los errores arbitrales (mano de Alberto fuera del área, penalti no pitado en la primera parte a Jouini, segunda amarilla más que rigurosa) quedaron en un segundo plano porque, por favor, este Tenerife es más de lo mismo.
Tengo cada vez más claro que no se habla de lo positivo y lo negativo en igual medida y que todo obedece a un interés particular y no al del Tenerife, ni al de la información. El único interés es que al Tenerife de Concepción le vaya mal y se magnifica cualquier defecto, cualquier actitud hasta convertirla en aquel hombre a una nariz pegado que describía Quevedo. Da igual quién se siente en el banquillo, quien juegue, qué cosas se hagan bien. Todo con tal de clavarle una pica a Concepción, como si fuera el toro a derribar. Pero nos olvidamos que no es el Tenerife de Concepción. Es el nuestro, en lo bueno y en lo malo. Y, sinceramente, ahora tengo una opción que antes no tenía: desconectarme. No quiero envenenarme con información accesoria y opiniones interesadas. Sólo fútbol y mi equipo. La liga es larga y, sinceramente, este equipo hace muchas cosas bien, aunque no se hable de ellas.