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Derecho de soñar (14-4-15)

Por @beatrizpalmero

 

Esta semana nos dejaba Eduardo Galeano, uno de esos hombres brillantes a los que tan acostumbrados nos tiene un país como Uruguay, donde, con menos de tres millones y medio de habitantes, salen hombres excepcionales en las letras, en la música y, sí, en el fútbol también. No en vano decía el propio escritor que “todos los uruguayos nacemos cantando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades”. Y con su marcha me han venido a la mente tantas frases, tantos buenos momentos compartidos con sus escritos y tantas ocasiones en las que me han dejado pensando que he vuelto a tomar en mis manos ese volumen ya desgastado que tengo en casa de El fútbol a sol y sombra y me he releído algunos de los tantos relatos y cavilaciones que comparte en él.

Pero Galeano, como gran pensador, no sólo escribió de fútbol aunque sí dejó claras muestras de que pensaba que este deporte era un claro reflejo de la sociedad que nos ha tocado vivir y, como ella, ha evolucionado hacia la globalización y el libre comercio. Y en todas sus reflexiones, incluso en las que hace sobre el deporte rey, subyace siempre la injusticia social de este mundo al revés “que nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla”. Pero afortunadamente, nos queda siempre, el derecho de soñar que “no figura entre los treinta derechos humanos que las Naciones Unidas proclamaron a fines de 1948. Pero si no fuera por él, por el derecho de soñar y por las aguas que da de beber, los demás derechos se morirían de sed”. Y gracias a los sueños, decía él, algunas personas que se empeñan en perseguirlos se atreven a hacer pequeños cambios que hacen este mundo un poco mejor.

Y en el deporte, como en la vida, vemos muchos ejemplos de ello. Aquí cerquita nuestro, no hace falta irse más lejos. Hace veinte años, un aficionado al Tenerife llamado Javier Pérez, soñó que su equipo podía ser grande, estar entre los mejores y llevar el nombre de la isla por toda Europa. Puso todas sus habilidades en hacer realidad ese sueño, y lo consiguió. Por esa época, Quico Cabrera soñó con hacer crecer al voleibol, con convertirlo en un deporte popular, en darlo a conocer para que todo el mundo lo amara como él. Creó un modesto equipo que, gracias a su pasión, fue creciendo, hasta convertirse en el único campeón de la Champions League que ha tenido este país. Y nos enseñó a otros muchos a querer este deporte. Ambos se marcharon antes de tiempo, pero dejaron tras de sí muchos soñadores que aspiran a seguir su ejemplo. En el fútbol globalizado, convertido en negocio, es mucho más difícil levantar un castillo sólido de la nada, aunque estoy segura que algún soñador hay por ahí esperando su oportunidad de volver a hacer grande al Tenerife. Pero en el voleibol Quico dejó la semilla en casa. Su sobrino David Martín, recogió su semilla, la cantera del desaparecido CV Tenerife, y ha trabajado duro durante varios años para construir un equipo sólido, basado precisamente en los sueños, no en vano lo lleva en su DNI, en el acrónimo de su nombre (HARIS: humildad, actitud, respeto, ilusión y sueños). Y este año ha dado un paso de gigante y ha colocado ese sueño en la realidad de la Superliga y con una Copa Princesa en la vitrina.

Y con situaciones como ésta, con «cosas chiquitas» inevitablemente creo en las palabras de Galeano : “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos” porque, al fin y al cabo “actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable”. Ya saben, la eterna condición humana de tener derecho de soñar. No dejemos nunca de hacerlo, en la vida como en el deporte.