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¿Deportistas a qué precio?

Subía a media mañana por la conexión La Noria-Barrio La Salud. Lo hacía caminando porque esta semana me destrocé las lumbares en el gimnasio. Claro, uno piensa que sigue teniendo 20 años aunque, a mis 37, considero que los hay más fofisanos que yo. Es en ese trayecto donde existe un club deportivo en el que puede practicarse diferentes modalidades. Entre ellas pádel o fútbol siete en césped artificial.

Subía despacito, para no hacerme daño y fue entonces cuando volví a frustarme. En un partido de niños, un padre se encaraba desde lo alto de un muro al árbitro del partido. Su mujer, que estaba a su lado, trataba de calmarlo, pero el violento seguía lanzando improperios para deleite de los allí presentes. Entonces recordé como cada quince días, en tribuna alta del estadio, un niño (que también va con su padre), se dedica a vociferar todo tipo de palabras soeces contra el cuerpo técnico y árbitros para vacile y jolgorio de los machos alfas que lo rodean. Se ríen de sus «cosas», porque como el pibe es tan pequeño parece hasta divertido.

¿Queremos deportistas a qué precio? ¿Al que ponen muchos de los padres? ¿Qué tipo de educación queremos darles a nuestros vástagos? ¿Queremos que sean Messi con un toque de delincuente habitual?

Me dan nauseas cuando veo algo así. Vergüenza ajena y nauseas por estos derroches de machismo asqueroso y violento que no hacen sino crear una sociedad peor. Un domingo por la mañana y ya están pasando por la piedra de los insultos a todos aquellos que se los ponen por delante. Cosa que aprenden los más pequeños y que luego reproducen: lo hacen en sus círculos sociales (colegios o debajo de casa, mientras juegan), y sobre el campo (aumentando su nerviosismo y dando patadas sin fundamento). Ustedes, los futbolistas más maduros, también tienen parte de responsabilidad. ¿O no, Neymar?

Si algún día llego a ser padre y mi hijo me pide jugar en un equipo de fútbol, me pensaré seriamente la decisión. Sí, en casa somos deportistas, pero no a cualquier precio. El deporte es compartir, saber competir y disfrutar cuando terminas el juego. Cuando llegas a meta en una prueba y te emocionas porque lo has conseguido (y porque luego siempre hay paella, jeje), cuando compartes en familia y con amigos tus retos. El deporte no es ver a un padre escupiendo insultos a los árbitros y jugadores. Eso es otra cosa y su definición terminamos siempre encontrándola antes en el Código Penal que en el propio Reglamento del Juego.