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Del fútbol y la España negra (14-1-15)

Por @jf_rojas

Hay pocas costumbres tan españolas como esa de construir ídolos para luego echarlos por tierra. No existe en el país personalidad, institución o acontecimiento que recoja el respeto de todos por muchos y muy grandes que hayan sido sus méritos. Ni siquiera la muerte en la mayor parte de los casos es capaz de conseguir que la gente saque del terreno de la crítica a personajes que han sido referencia por uno u otro motivo. Todo queda sometido a la disputa más feroz y cualquier suceso o acontecimiento es capaz de provocar división de opiniones. No es de extrañar, por tanto, que en un mundo tan esencialmente controversial como el fútbol se generen interminables debates. Incluyendo algunos sobre asuntos que en cualquier otro lugar del globo serían tenidos por absurdos, ridículos o contraproducentes.

Vengo pensando en esto porque asistimos en estas fechas a un proceso de descrédito del estilo de fútbol de posesión de pelota al que al menos yo no habría dado crédito hace sólo un par de años. Y no porque ciertos sectores manifiesten legítimamente sus preferencias de un fútbol respecto a otro, sino porque esas corrientes vuelven a sacar del fondo del baúl los viejos argumentos que ridiculizan el juego de combinación comparándolo con la poesía y otras artes etéreas. Esos argumentos que son más rancios que la tortilla de papas y que no se caracterizan precisamente por su calado intelectual pretenden vestirse ahora de modernidad al calor del éxito del Atlético de Madrid y de algún otro equipo que hace bandera lícita de la presión al rival y el desprecio a la posesión.

Uno está dispuesto a aceptar todas las opiniones siempre que se expresen con respeto pero lo que no resulta aceptable es que esas opiniones ignoren hechos constatados sucedidos no hace un siglo sino antes de ayer. No hay país en el mundo que después de ganar de una tacada tres torneos internacionales inicie un debate sobre la eficacia del estilo con el que los ha conseguido. Mucho más si ese país viene de una travesía de cincuenta años de indefinición estilística en la que los resultados brillaron siempre por su ausencia. Pero España sigue siendo diferente y aquí no sólo se discute sobre la conveniencia de mantener la forma de juego que cambió la historia sino que insólitamente se ignora que el único estilo que ha demostrado ser eficaz es ese.

Cuando escucho estos debates me acuerdo de esas ilustraciones de Goya que pintan una España negra, absurda y autodestructiva. Un país en el que es moneda de cambio negar la evidencia de los hechos con tal de llevar la razón y que siempre pone el beneficio individual por encima del colectivo. En esa España vuelve a estar de moda tildar de quijotes a los que gustan del fútbol ofensivo y recomendar el cine a los que esperan que el fútbol sea algo más que un ejercicio de estrategia y combate físico. Es muy posible que se salgan con la suya y que en breve, como ya sucedió con el Tenerife, el fútbol español deje atrás el estilo que le entregó más admiración y éxitos para iniciar una nueva etapa de búsqueda y nadería.  Disfrutaremos de nuevo de la furia, las eliminaciones en cuartos y los complejos de inferioridad. Todo volverá a ser como siempre fue y de nuevo podremos quejarnos a gusto y, por supuesto, cargados de razón. Que así sea si es lo que quieren.