Por @beatrizpalmero
Me senté a ver el debut de Italia el pasado día 13 ante Bélgica porque, al contrario que el común de los españoles, no he desarrollado esa animadversión hacia los transalpinos tras el Mundial de España 82, ni tras el codazo de Tassotti en el 94, ni siquiera tras contemplar una y otra vez cómo el antiestético catenaccio cumplía su función. Viví en Italia, qué le voy a hacer, y descubrí en ellos una manera de vivir el fútbol que me apasionó, que hasta en los comedores universitarios instalaban pantallas gigantes para seguir las evoluciones del Mundial de Francia 98 (y sí, vi en pantalla gigante como Nigeria mandaba de regreso a casa a la España de Clemente en la primera fase). Envidié como colgaban banderas de su país en los balcones y comprobé como se vaciaban las calles durante los partidos de los azzurri, tal y como hacíamos en España. Pero, sobre todo, aprendí a apreciar ese estilo tan particular que siempre ha caracterizado al fútbol italiano. No es bonito de ver, pero, al mismo tiempo supone una puesta en escena digna de una ópera representada en la Arena de Verona, una danza sincronizada como la que realizan en el cielo los estorninos, un despliegue de fuerza física y táctica que también tenían cierto punto de fascinación. Aprendí a apreciar un fútbol que es muy pobre para el espectador pero muy interesante para entender ciertas cosas que suceden sobre el césped.
Claro que es mejor disfrutar del tiquitaca llevado a su máxima expresión por el Barcelona y por la mejor España. Cómo no quedarse con la boca abierta con esos pases de fantasía de Iniesta, con la espectacular visión de Xavi, con los movimientos sincronizados de Torres y Villa, con trabajo eficaz de Xabi Alonso y Busquets. Es muy fácil disfrutar de algo estéticamente bello. Siempre quieres más.
Pero volvamos al debut de la Nazionale, en la que había pocos nombres de estrellas continentales. Me sorprendió gratamente, porque no destacaba sólo el típico catenaccio. Vi un equipo solidario y competitivo como siempre, pero con hambre, capacidad de sacrificio y mucha verticalidad, que se movía con tanta naturalidad en ataque como defendiendo. No pude ver ninguno de sus otros dos partidos, pero cuando España cayó contra Croacia me temí lo peor. Sé de buena tinta lo que ha escocido en Italia la final de Kiev que perdieron 4-0 ante los de Vicente del Bosque y tenía claro que iba a haber una motivación extra que los españoles no tenían. Y es que, aunque nos neguemos a verlo, en el fútbol el factor psicológico pesa más de lo que pensamos. La derrota ante Croacia fue inesperada y dolorosa, dejó dudas, lo que unido a esa sensación de que se era superior al rival fue una combinación fatal. España no ha sido ese equipo unido, hambriento, lleno de fe en su fútbol que le ha llevado al éxito. Italia desplegó una superioridad táctica en la primera parte abrumadora. Y demostró que no siempre el fútbol más estético es el mejor. Con sus habituales armas para defender y robar, y la velocidad para llegar con transiciones rápidas al área de David De Gea, desarbolaron a la España del tiquitaca y, ni mucho menos dejaron la sensación de ser un equipo rácano. Aunque muchos por estos lares siguen pensando lo contrario. Yo, de momento, me quedo viendo si Italia sigue dando qué hablar. Fácil no lo tiene y Alemania habrá aprendido la lección, pero, qué le voy a hacer, el azul me llama.
P.D.: Y permítanme que me coja un descanso durante el mes de julio, que las letras también tienen derecho a descansar para dar frescura a las ideas. Nos leemos en agosto.