Redacción Deporpress | Empezó lo bueno. Aunque no con la mejor noticia. El Tenerife repitió una tónica habitual fuera de casa: como estreno, derrota fuera de casa (2-0, Real Zaragoza). Un mal sabor de boca que se combate con la esperanzadora puesta en escena de los de Garai en un escenario imponente como La Romareda.
Los blanquiazules no fueron peores. Sin embargo, las áreas decidieron por su propio peso. El Tenerife mandó por momentos a través de buen fútbol, criterio y llegada a los dominios de Christian Álvarez. Pero fue un blanco fácil en las zonas donde se deciden los partidos. La defensa cometió errores en cadena que penalizaron como un jarro de agua fría antes del descanso, tirando por la borda el trabajo hecho. Un detalle grosero que obligó a ir a remolque en la vuelta de vestuarios, donde los blanquiazules no encontraron esa lucidez ofrecida en la primera mitad.
Facilidades en la retaguardia que se acrecentaron con la escasez de poderío ofensivo. El equipo sigue con la pólvora mojada, siendo un alma inocente sobre el área rival. Los actores ofensivos respecto al curso pasado no variaron en exceso, donde el amplio repertorio de intentos sobre el arco de Christian no se vio recompensado con definiciones entre los tres palos.
Pero hay motivos para la esperanza. Después de mucho tiempo, los blanquiazules salieron lejos de la Isla con una idea solvente. Proponiendo más que neutralizando. Con iniciativa frente a la especulación. Más centrado en la portería contraria que propia. Y con un sentido futbolístico bajo el sello de Aritz López Garai, donde pese a ser la primera jornada, ambas escuadras ofrecieron un digno espectáculo a un alto ritmo, impropio a estas alturas de campeonato.
El Tenerife tiene personalidad. Sabe qué quiere y cómo ejecutarlo. Faltan automatismos, confianza y certeza en ambas áreas. Hay trabajo por delante, pero también existen motivos para creer. El curso de la competición dictará sentencia, pero los blanquiazules tienen un plan definido para dar alegrías a su afición.