Por @jf_rojas
Sucedió exactamente hace treinta y dos años y cuatro días en el desaparecido Estadio de Sarriá de Barcelona. Brasil caía eliminada del Mundial de España tras perder por dos goles a tres ante Italia dejando una sensación de incredulidad y desasosiego entre los aficionados. La selección de Zico, Sócrates, Junior o Falcao había jugado al fútbol como los ángeles durante toda la competición. Su forma de desenvolverse, bella, alegre y desenfadada, había conquistado al mundo y la inesperada eliminación ante Italia, su reverso tenebroso, supuso un golpe histórico del que no supo recuperarse. Brasil se lo tomó a la tremenda y en lugar de entenderlo solo como un mal resultado decidió interpretarlo como el fracaso de todo un estilo. Algo paradójico si tenemos en cuenta que precisamente aquella selección fue la última brasileña en conseguir el triunfo más definitivo, el de la conquista de la admiración y el recuerdo de todos.
En realidad el aniquilamiento histórico de los siete goles de anoche comenzó aquella tarde en Sarriá. Hoy las bayonetas apuntan a los Fred, David Luiz, Scolari y compañía pero a ellos sólo les tocó protagonizar el desenlace trágico de la historia. Antes muchos otros fueron avanzando paso a paso, renuncia a renuncia, traición a traición, hasta el precipicio de Belo Horizonte. A veces con resultados, como en los Mundiales del 94 o 2002, y otras sin ellos, en cada gran competición Brasil fue escalando en su política de desprecio a los viejos valores. Se dice ahora que la seleçao no dispone de jugadores como los de antes para justificar el juego que abrazan desde hace lustros pero eso sólo es la prueba del delito. Tras dos décadas dando la espalda a su tradición, los brasileiros olvidaron fabricar los peloteros talentosos de centro del campo que desde el principio de los tiempos certificaban el sello de calidad de sus equipos.
Discutiremos eternamente sobre la importancia de las formas en el fútbol pero se diga lo que se diga existe una diferencia sustancial entre las derrotas de Belo Horizonte y Sarriá. Más de veinte años después la Brasil del 82 sigue siendo icono de la historia del fútbol por su estilo espectacular y por la dignidad de la defensa de una manera luminosa y feliz de entender el juego. La de ayer en cambio quedará para siempre como una mancha negra en la trayectoria de un gran país futbolístico que un día eligió traicionar su mística a cambio de la expectativa de mejores resultados. Quizás ayer Brasil comprendiera que no hay estilos que garanticen victorias pero sí hay maneras de jugar que aseguran la dignidad y la admiración. El camino tomado hace dos décadas por los brasileños es el más peligroso porque sin la victoria se queda en la mayor y más rotunda nada. Que le pregunten a cualquiera que siguiera el Mundial 82 si aquel Brasil que cayó en segunda fase les dejó o no algo que conservar para siempre.