Por @beatrizpalmero
Como filóloga tengo que reconocer que me parece inapropiada la tendencia actual que desde las instituciones o colectivos feministas se impone de decir niños y niñas, alumnos y alumnas, profesores y profesoras en lugar de usar el genérico masculino, el natural en nuestra lengua. No niego que ese genérico se impuso porque en la esfera pública(primero la romana y luego la castellana) sólo tenía voz el hombre, pero que se generalizó, y esto es norma en cualquier lengua, por el principio de economía del lenguaje, según el cual todo ser humano tiende a expresar aquello que desea utilizando el menor número de medios posibles. Un principio que demuestran nuevas formas de comunicación como el wasap. Para qué escribir ‘por qué’ si podemos escribir ‘xq’ o para que escribir ‘de acuerdo’ si podemos usar un emoticono.
Y que conste que me considero feminista en el sentido literal que tiene esta palabra, es decir, que las mujeres deben tener iguales derechos que los hombres, y no en el que ahora se parece malentender y que equipara el feminismo con el machismo (qué poco usan algunos el diccionario). Pero aún siendo, y los que me conocen lo saben, feminista activa, considero como filóloga que es artificioso y poco económico que siempre estemos duplicando las palabras para visibilizar a la mujer. Tengo terribles discusiones (siempre amistosas, eso sí) en este sentido con algunos compañeros de profesión, pero creo que es más importante hacer hincapié en el uso machista que se hace del lenguaje que en imponer una visibilización que va contra la naturaleza del propio lenguaje.
Y hay que hacer hincapié en ello porque, en la gran mayoría de los casos, ni siquiera somos conscientes de que usamos las palabras desde una perspectiva machista. Es lo que le ha pasado este fin de semana a Toni Ayala, traicionado por eso que Edgar Morin llamó imaginario colectivo y que viene a ser el conjunto de proyecciones que hace una sociedad de sí misma, creando una suerte de mente social que comparten todos sus individuos y que incluye mitos, símbolos, estereotipos, forma de vida, etc. Y el imaginario colectivo de este país sigue siendo machista, porque la mentalidad de muchos siglos no se cambia en unas décadas. Y para muestra un botón. Si pensamos en insultos o expresiones negativas, la mayoría son de género femenino: gallina, rata, víbora, coñazo, sargenta, fulana, zorra… Sin embargo las mismas expresiones en género masculino no tienen una connotación negativa: fulano, sargento, zorro, gallo, etc.
Y que quede claro que me consta que Toni Ayala no es machista. Le conozco lo suficiente para saber que cree en lo que hace, que trabaja para mejorar el fútbol femenino y que no tuvo ninguna mala intención ni quiso ofender con sus comentarios, resultado más bien de un calentón tras un mal partido y un arbitraje molesto. Pero he aquí que le traicionó esa tradición que de alguna manera recogemos de nuestros antepasados y que va implícita en el lenguaje.
Porque creo que todos estamos de acuerdo en que nadie utilizaría la palabra niños para mostrar su enfado con un trío arbitral de hombres, por muy joven que sea. La palabra niña la usamos muy a menudo para referirnos a mujeres adultas por dos razones principalmente: una paternalista y por tanto condescendiente (intención que usamos en otras expresiones como ¿qué hicieron las chicas? que muy rara vez usamos con equipos masculinos) y otra machista, puesto que una niña no tiene el discernimiento de un adulto así que se presupone a priori su incapacidad para desarrollar la tarea que sí haría un hombre. El mayor ejemplo es la manida expresión de se puso a llorar como una niña como si los hombres o los adultos en general no llorasen. ¿Ayala pensaba realmente esto último al usar el término? Rotundamente, no. Pero he aquí que el español ha heredado un imaginario colectivo y ha hecho que utilicemos de forma machista las palabras. Incluidas las mujeres.
Y en este tipo de cosas sí creo que debemos hacer un esfuerzo y escoger mejor nuestras palabras. Digamos jóvenes o mujeres tan jóvenes o inexpertas, desterremos ese uso machista del lenguaje. Seamos conscientes de que eligiendo ciertas palabras infravaloramos o menoscabamos el papel de una mujer.