Por @JF_Rojas
Empezaré por aclarar que me dan bastante igual las guerras internas del tinerfeñismo. No tengo intereses en este asunto y jamás me pelearía en serio con nadie por algo tan trivial. Lo digo porque de un tiempo a esta parte cualquiera que opine con relación al Tenerife es sospechoso de pertenecer a una facción. Digas lo que digas, a favor o en contra, se interpreta como un ataque a la armonía del equipo o como una adhesión a la tesis de que Cervera es el anticristo. Los que han leído esta columna sabrán que no soy el mayor fan del entrenador pero nunca me sumaría a una lapidación pública ni a peticiones de cese que ahora me parecen desproporcionadas. Detesto los extremismos y me niego a que nadie prejuzgue lo que opino alineándome bajo una bandera.
Dicho esto, me molesta la insistencia con la que viene hablándose estas últimas semanas del entorno. Parecería que la fractura que ahora se percibe fuera novedad cuando en realidad estas trincheras empezaron a cavarse desde el momento en el que algunos comenzaron a percibir la crítica más leve como un ataque al entrenador. Cuestionar ciertos planteamientos futbolísticos, recordar el trabajo de Quique Medina o subrayar la influencia de Ayoze Pérez era bastante para que te sumaran a la presunta oposición a Cervera. Considerarle un buen técnico con matices no era suficiente y si no pensabas que era el principal y casi único artífice del éxito es que estabas contra él. Es curioso que muchos de los que jugaban a esto ahora se quejen de un entorno endiablado.
En todos sitios hay gente cabreada, gente interesada en que unos salgan para que entren otros, gente con facturas pendientes, gente que silba a sus jugadores, gente que silba a los que silban, gente a la que le gusta el entrenador, gente que le tiene manía, gente que quiere un estilo, gente que quiere otro, gente que informa, gente que manipula. En todos sitios hay gente dispuesta a hacerse oír cuando llegan las malas y gente empeñada en hacerles callar en nombre de un bien superior. Esto es tan viejo como el fútbol y no puede cambiarse. Cada entorno tiene una idiosincrasia y precisamente los protagonistas tienen la obligación de gestionarla con prudencia y mano izquierda para amortiguar el ruido inevitable cuando no hay buenos resultados.
No me convence el personaje de Cervera entrenador porque es divisorio y multiplica el ruido. Hay técnicos que, por alguna razón, van regándolo todo de partidarios rendidos y encarnizados adversarios. Entrenadores que necesitan adhesiones incondicionales y que viven pendientes de lo que se dice llenando el ambiente de debates y reproches. La presencia de Cervera es tan poderosa que terminan en el fondo de todas las polémicas dejando fracturas que serán difíciles de olvidar incluso cuando se haya marchado. No hay espacio para los matices. Estás con él o contra él, eres cerverista o no lo eres, eres marciano o no lo eres. Con Álvaro todo es superlativo y si cuando ganaba las alabanzas eran exageradas cuando pierde todo es más irrespirable.
La gente confunde con frecuencia el carácter y la personalidad con el frontismo y la sinceridad mal entendida. Nunca me han parecido admirables esos que se limitan a soltar lo que piensan quedándose tan anchos. En realidad, el verdadero mérito, mucho más cuando uno representa a una entidad con la riqueza social del Tenerife, reside en guardase las antipatías ahorrándonos conflictos que no necesitamos. Se puede ser recto y coherente sin necesidad de incendiarlo todo. Y se puede tener carácter sin ir dejando cadáveres en los arcenes. Un entorno como el del Tenerife precisaría de más conciliación y generosidad. Por desgracia la concordia no está de moda así que nadie puede sorprenderse si después de sembrar vientos lo que se recogen son tempestades