Por @JF_Rojas
Mientras en el resto del país se destapa otra trama de corrupción de la que se desprende que el problema es mucho más profundo y crónico que el de unos tipos malos que se aprovechan de su situación, aquí se nos ha filtrado un caso extraño con implicación directa en nuestro deporte. El asunto del Uruguay preocupa tanto por sorprendente como por escandaloso. Al parecer es sencillo desviar cientos de miles de euros de dinero público sin que nadie lo detecte aún cuando se dedique en parte a financiar un asunto tan notorio como un equipo de fútbol sala de categoría nacional. Un club sale de la nada, comienza a contraer compromisos por encima de sus teóricas posibilidades y nadie, sea de dentro o de fuera, se hace preguntas sobre el origen de la prosperidad. Un puñado de firmas falsificadas, algunos que miran para otro lado y a triunfar. Así de sencillo.
Sorprende también la cola que trae el asunto. Como ocurre siempre con estas cosas, el presunto delito deja un reguero de perjudicados que empieza por la entidad a la que se le sustrae el dinero y termina por esas terceras personas de buena fe que ahora quedan con el culo al aire. Comprendo la inquietud y empatía de todos los que se ponen del lado de los empleados del club pero me parece surrealista esa tibia presión que se detecta para que, de alguna manera, la Administración robada ofrezca además una solución coyuntural al asunto. Sugerir semejante cosa si el principal perjudicado hubiera sido un particular habría resultado inimaginable pero cuando hablamos de dinero público todo cambia. En lugar de multiplicar las reservas y las cortapisas para gestionar el dinero de todos, con frecuencia hacemos lo contrario considerando que en realidad el dinero no es de nadie. Por ahí también empieza el problema.
Dicho lo anterior, tampoco puedo disimular cierta repugnancia ante el tono acusador y de afectada dignidad que algunos adquieren cuando el pillado es un tipo sin poder económico ni posición social. Al día siguiente de que la noticia se conociera ya se habían convocado varias contundentes ruedas de prensa y quien más quien menos había aprovechado para manifestar su cólera y total reprobación ante lo ocurrido. Ojalá esa reacción, deseable por otra parte, fuera así de tajante y ágil cuando los indicios apuntan a gente mejor colocada política y económicamente. Todos estos respetables hijos de puta de buena familia que hoy salen en los periódicos nacionales, y todos esos otros que deberían salir pero que por desgracia aún no salen en los nuestros, merecerían la misma censura que este presunto delincuente pero sin embargo suelen ser tratados con cautelas y medias palabras. El día que eso suceda la enfermedad empezará a sanarse.