Por @beatrizpalmero
En deportes somos muy dados a opinar, no ya de fútbol, porque pocos de los que hablan saben realmente de sistemas, tácticas o jugadores, sino de los futbolistas y de los entrenadores como si trabajaran todos los días con ellos y supieran qué hacen, qué dicen, cómo trabajan y hasta cómo piensan. Y así hablan de actitud, de lo que pensaban cuando hicieron tal y cual gesto, de falta de compromiso, como si su forma de moverse sobre el césped le contara todas estas cosas.
Y nos olvidamos de algo esencial: que los entrenadores, futbolistas o cualquier otro sobre los que tan duramente hablamos son personas. De carne y hueso. Con familia. Que llegan a su casa y se sientan a jugar con sus hijos, le preguntan a su mujer cómo está, llaman a sus padres para ver qué tal el día, tal vez anden preocupados porque tienen un problema de salud o porque su contrato acaba en junio y desconocen qué les deparará la vida más allá de ese mes, si tendrán que afrontar una mudanza con toda su familia, aun sabiendo que no es un buen momento para hacer las maletas por cualquier motivo personal.
Y así nos permitimos el lujo de dudar del compromiso de nuestro capitán, Suso Santana, sólo porque físicamente no está al nivel de otros años y obviamos que su pretemporada no fue completa, hasta que nos tapa la boca con dos asistencias de lujo. Y ya olvidamos todo lo que dijimos. Sin darnos cuenta de que a lo mejor durante días ha llegado a su casa y sufría porque veía a su mujer preocupada, o porque a su familia, conocida sin duda por todo el barrio, la paraban por la calle para decirle que su hijo era un sinvergüenza que estaba de vacaciones.
Y cuando nos acercamos a Nauzet Alemán o a cualquier otro a las cuatro de la mañana para recriminar su mal comportamiento, nos olvidamos de que, por muy mal que nos parezca que salgan por la noche tras una derrota, no somos quienes para juzgar el comportamiento de los demás. Como si nunca hubiéramos ido de amanecida a trabajar al día siguiente o nos hubiéramos tomado más copas de las que debiéramos sabiendo que al día siguiente no íbamos a estar al 100%.
Y cuando silbamos a Ricardo en su momento porque lo consideramos un vendido, obviando que había crecido en el Tenerife y nos había dado tardes inolvidables, no queremos darnos cuenta de que las cosas en nuestro trabajo no siempre salen como queremos y que no siempre dependen de nosotros, como si nunca hubiéramos sufrido en nuestro día a día que la ilusión y las ganas de hacer bien las cosas no son suficientes si no hay trabajo en equipo o si no tenemos un jefe capaz de coger las riendas y resolver el desgobierno.
Y así, perdemos la perspectiva, y nos acercamos a Cervera a decirle “cuatro verdades” con su familia delante hasta que acaba renegando del lugar en el que creció y vio morir a sus padres, detestamos a Ángel sólo porque ha mirado por sí mismo y por los suyos como si nunca hubiéramos dejado un trabajo que nos gustaba porque en otro nos remuneraban mejor, criticamos a Omar Ramos como si nunca hubiéramos sido jóvenes y hubiéramos actuado sin la pausa que da la madurez… y tantas y tantas cosas.
Y no me digan que esto les va en el sueldo. Sí, muchos cobran más de lo que veremos en nuestra cuenta. Pero eso no les convierte en superhéroes capaces de soportar cualquier cosa. Siguen siendo personas, y siguen teniendo familia, común, con sus preocupaciones y sus sufrimientos. Y qué quieren que les diga, a nadie le gusta ver sufrir a su familia y más cuando para ellos es tan difícil entender que se pueda decir algo así sobre alguien a quien conocen de verdad. No como los que hablamos tan inconscientemente. Y estarán mal muchas cosas que hagan, pero tienen derecho a equivocarse. Digo yo.