Por @beatrizpalmero
Creo que no exagero si afirmo que, tras el gol de penalti encajado en Zaragoza, muchos rezamos maldiciones en arameo, por decirlo de alguna manera. Hasta me sucedió que coincidió mi tuit con los de otros aficionados, que contaron diez o más para no decir aquello que se nos pasó por la cabeza al ver el error de Dani Hernández, en un balón al que no llegaba ni él ni el delantero. Un error impropio de un hombre de su experiencia, eso es innegable, pero un error al fin y al cabo. No mató a nadie.
El gol en las postrimerías del encuentro de Bryan Acosta rebajó la rabia por una equivocación involuntaria que daba al traste con todo el trabajo hecho por el equipo para sacar algo positivo de La Romareda. Pero, sobre todo, trajo alivio. Y no dudo que el más aliviado de todos fuera el guardameta. Digamos que Acosta salvó los muebles del equipo, pero, sobre todo, salvó los de Dani. Porque, seamos serios, el primero que sacaría el látigo para flagelarse tras el partido es el propio jugador.
Pero no contentos con eso, decenas de aficionados decidieron, además, coger sus piedras y lapidarlo en la plaza pública, como ejecutores estrictos de una sharia que siguen como dogma de fe. Y, así, desde la atalaya y el pseudoanonimato que dan las redes sociales, tiraron su piedra con saña sobre el portero, como si fuera un espantapájaros de paja en lugar de una persona de carne y hueso. Y tan felices, oye. Porque, qué bien que existe Twitter, Instagram o Facebook para expresarnos y decir lo que pensamos, qué bien que ya podemos decirle a la cara a quien queremos aquello que pensamos, qué magnífico ejercicio de democracia. Como si la libertad de expresión y la soberanía popular fuera deshumanizar a alguien y machacarlo sin defensa posible en un juicio sumarísimo más propio de una dictadura.
Creo que es inevitable señalar el innecesario error de Dani. Porque lo fue. Sentir rabia es inevitable. Pero antes de descargarla de forma furibunda habrá que recordar que antes que un político que hemos elegido nosotros, antes que un trabajador del club de mis amores o antes que un futbolista que cobra lo que ya nos gustaría a los mortales… antes que todo eso, hay que pensar que es una persona. Una persona, que siente, que lamenta, que se decepciona a sí mismo, a los suyos.
Incluso con la rabia y la decepción de encajar ese gol en el 88’ , no pude evitar pensar en qué se le estaría pasando por la cabeza al pobre de Dani Hernández en ese momento. Seguramente, en el momento no pensó que fuera tan grave, que estaba en el área chica, que el jugador le estaba molestando a él. Ni siquiera pensó que ese empujón acabara en penalti. Sólo sintió lo mismo que sus compañeros, estrés, miedo a encajar, presión por cosechar otro mal resultado. En otras circunstancias, habría reaccionado, seguramente, de otra forma. Pero allí estaba ese gol. Y mientras sus compañeros esperaban para sacar de centro, el primero que se maldijo a si mismo fue Dani. Y creo que a ninguno nos haría falta hablar con él para saberlo. Y, si el partido hubiera acabado en derrota, tampoco dudo que sería el primero en disculparse con sus compañeros y en pasar la noche en vela. Hasta podría afirmar que lo hizo igualmente pese al empate. ¿Es necesario ensañarse y meter el dedo en la herida para provocar más dolor? ¿A uno de los nuestros?
Es el mismo que nos ha salvado otros días, en Córdoba, sin ir más lejos. El mismo al que hemos aplaudido tantas tardes. Pero, además, es una persona. Como tú y como yo. Todos nos equivocamos en nuestra vida, en nuestro trabajo, y con consecuencias más graves que un simple gol, y quien diga que no, miente. Pero qué valientes y perfectos somos todos con un teléfono en la mano.