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Cumpliendo expectativas

Por Rubén Rodríguez, psicólogo deportivo.

CEO de Mind& Alto Rendimiento

Info@mindand.org

 

El Mundial de Rusia 2018 se está convirtiendo en un escenario perfecto para observar como no solo cobran protagonismo las 32 selecciones, los 32 entrenadores junto a sus respectivos staff y en torno a los 800 jugadores que en él participan, sino, que además, están teniendo un papel principal otros dos elementos, uno tecnológico y otro, emocional.

El primero de ellos, hace referencia a la incidencia directa que la tecnología está teniendo por momentos en el desarrollo del juego y en el posterior resultado del partido. Esta incidencia es gracias a la inclusión del VAR, que a buen seguro, ya cuenta con un número considerable tanto de seguidores como de detractores.

El segundo elemento, el que me ocupa, está relacionado con el efecto que tienen las expectativas de los demás sobre el rendimiento de las personas. Este efecto no es fruto de la casualidad o algo que surge por arte de magia, ya que en torno a 1965, el psicólogo social Robert Rosenthal habló por primera vez sobre el poder de las expectativas en los otros, acuñando el nombre de Efecto Rosenthal o como más se le conoce, Efecto Pigmalion, nombre que se recoge de la mitología griega cuando Pigmalion, un escultor de la isla de Greta, se enamoró de Galatea, una de sus estatuas y pidió a los dioses que la convirtieran en humana para poder amarla, deseo que fue concedido por la diosa Afrodita.

Ahora bien, ¿qué papel está jugando el Efecto Pigmalion o el cumplimiento de expectativas en el Mundial de Rusia 2018?

En las casi dos semanas que se lleva de competición, se ha podido comprobar como, según los entendidos en la materia balompédica, varios jugadores de primer nivel mundial parece que no están desarrollando el potencial futbolístico que se les presupone y que, en innumerables ocasiones, han sido capaces de mostrar a lo largo de sus trayectorias deportivas. Esto puede deberse al acierto de las selecciones rivales por los planteamientos tácticos de sus entrenadores para evitarlo, por el buen hacer de los jugadores contrarios y/o por los propios futbolistas, dado que hemos de pensar que la situación de mayor estrés a la que se someten es la propia competición, situación en la que los jugadores, entre otros aspectos, han de dar respuesta a diversas circunstancias, han de afrontar y superar adversidades, han de poner en práctica sus competencias y, por si fuera poco, se espera que cumplan con las expectativas de federaciones, clubes, sponsor, familiares y millones de seguidores que siempre quieren que estos den lo mejor de sí mismos, casi sin margen para el mínimo error.

De ahí, que no es extraño ver reacciones psicofisiológicas y conductuales como pueden ser llorar durante y tras la finalización de los partidos, mostrar cierta inseguridad y apatía en el campo, hacer gestos de preocupación y de tensión al escuchar el himno nacional, cometer errores técnicos impropios del nivel de estos jugadores y un largo etcétera.

Por ello, desde el punto de vista de la psicología deportiva se plantea la necesidad del entrenamiento mental y emocional para que los jugadores puedan ser competentes en el desarrollo de sus funciones y así competir al más alto nivel, tal y como exige el Mundial de Rusia 2018. Tal entrenamiento se basa en centrar a los jugadores en ellos mismos, en lo que dominan, en lo que saben y en lo que pueden hacer en cada momento, es decir, poner el foco atencional en las metas de tarea o de rendimiento que es lo que realmente está dentro de su control y que mayor estado de seguridad y confianza les puede generar. Esto les ayuda a estar más concentrados en sus competencias, en sus tareas y funciones dentro del campo; sintiendo el disfrute intrínseco en el esfuerzo como liberador de su talento; jugando sin prestarle atención al diálogo interno en forma de pensamientos negativos que llevan al jugador a estar autoevaluándose continuamente; viviendo el partido en el aquí y en el ahora, entendiéndolo como el momento idóneo para actuar, para jugar, para fluir.

Esto no quiere decir que no haya que darle importancia al hecho de ganar. Evidentemente, ganar el Mundial se presupone como el mayor deseo de todos los jugadores que participan en él, si bien, para tener más opciones de lograrlo es clave jugar solamente centrados en lo que se controla: el propio rendimiento.  Y no, en querer o tener que cumplir las expectativas de los demás: lo incontrolable.