Por @juanjo_ramos
La educación, que no está casi nunca en el centro del debate, lo mueve casi todo. Ahora, cuando nos avergonzamos de una sociedad que parece enferma por su falta de empatía y su crueldad, nos fijamos en muchas cosas. Pero poco en la educación. Si en España no hubiera cambio de plan educativo en función del partido gobernante y sus aliados, si las competencias estuvieran más centralizadas y, por tanto, existiera menos libertad para manipular en función de intereses partidistas y/o territoriales, igual nos hubiéramos ahorrado situaciones como la que ahora vive Cataluña o escarnios como el del llamado juicio de La Manada.
Que hoy haya gente que comprenda que un parlamento autonómico incumpla la ley, que la corrupción no se haya llevado por delante a algún pez gordo de un partido político, que la palabra dimisión sea tan difícil de pronunciar por los que mandan o que la crisis haya convertido en más ricos a los ricos y en más pobres a los pobres tiene mucho de educación. Somos el país de la trampa, de la justificación permanente y de la camiseta. Sí, de la camiseta porque defendemos nuestros colores por encima de la verdad. Pasa en cualquier ámbito y no digamos en el origen de esas camisetas, el deporte.
Una buena educación no puede evitar que haya algún energúmeno entre 15.000 asistentes a un partido de fútbol, pero sí debería servir para que le señaláramos sin pudor. Una buena educación debería servir también para que insultar a un colegiado, lanzar objetos o increpar a los jugadores de tu equipo cuando no obtienen el resultado deseado como viles matones no se entienda como algo normal.
También, cierto es, para que un árbitro no se lance a sacar una tarjeta amarilla a un futbolista que sangra o para que no abandone el terreno de juego sin dar una sola explicación. No es una cuestión menor tampoco cuando hay niños que ven a sus padres insultar a un árbitro o al entrenador de su equipo en un partido de formación. No digamos cuando hay agresiones. No se trata de criticar siempre a los árbitros, tampoco de defenderlos siempre. Se trata de ser justos.
Y hacemos lo contrario cuando reducimos la liga de Primera de 20 equipos a dos porque, si no es Madrid o Barcelona, no interesa. O preferimos programas en los que los contertulios, que han perdido la condición de independientes para ser blancos o azulgranas, se insultan y nunca (insisto en el nunca) dan la razón al oponente. Todo esto es España, en el deporte y en la vida en general. Vale que no toda España. Pero los que son así abarcan más, gritan más, se dejan ver más y, claro, avergüenzan más. Somos, en definitiva, incapaces de ponernos en el lugar del otro. Cero empatía. Y todo eso, amigos, es un problema de educación.