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Cuaresma

Por @rondoscutillas

Andamos estos días con el alma en pedazos y sin aguantar esta pena. Sin vernos disfrazados en las calles de Santa Cruz hasta 2022 y condenados por culpa de esta maldita pandemia que nos ha robado vidas, salud, trabajos, viajes y, hasta la forma en la que nos habíamos acostumbrado a vivir desde que éramos pequeños.

La COVID-19 nos ha quitado la peluca con la que tanto vacilábamos y nos ha transformado en mascaritas incómodas. Llevando a diario una mascarilla casi eterna que, como ese maquillaje de Carnaval, no hay manera de hacer desaparecer por más que te laves la cara o cambies las toallas.

Todo sigue igual desde hace casi un año y casi nada es ya como antes. Este virus nos ha quitado nuestras costumbres y también nos ha desterrado a ver el fútbol por televisión. Y, a veces, incluso en solitario porque hay que estar en casa antes de las 22:00 horas. Así que sí, en este miércoles de ceniza en el que por vez primera desde que tengo uso de razón no hay ninguna sardina que enterrar, solo lloramos con desconsuelo porque la vida que conocimos vuelva a ser, lo antes posible, como era.

Mientras eso ocurre y nos inoculan optimismo a golpe de vacunas, regreso mentalmente a mi adolescencia. A aquel calendario escolar marcado por Navidad, Carnaval, Semana Santa y Fiestas de Mayo que hacía que el curso se fuese prácticamente en un suspiro. Y esta mañana, mientras conducía de camino al trabajo, pensé en ese periodo en el que había que hincar más los codos para que tus padres te diesen aquella carta blanca con la que acudir a algún apartamento del Sur junto a tus amigos.

Al mirar por el retrovisor de la memoria recordé que, una vez pasado el Carnaval, el siguiente reto era la Semana Santa. Esos días en los que volvías a ver las mismas caras de los kioscos, ya sin purpurina, en algún pub de Las Verónicas. Aquel lugar en el que, sin salir de Tenerife, te miraban raro porque no eras guiri. Pero, para que pudieses llegar hasta allí sin más preocupaciones que esa, tenías que dejarte la piel estudiando en aquellos días que precedían a los exámenes de la segunda evaluación.

Algo parecido va a sucederle al Tenerife desde este fin de semana. Tendrá que seguir apretando a fondo. Porque todavía queda un 40 por ciento de la Liga por delante y los blanquiazules están justo en mitad de la escalera. A 8 puntos del descenso y a 8 puntos de la sexta plaza. Así que les espera, como a los estudiantes de mi generación, todo un periodo de sacrificios por delante en esta larga Cuaresma.

Obviamente, no tendrán que permanecer 40 días en el desierto de Judea como Jesús. Tampoco serán los 40 días que duró el diluvio universal. Ni los 40 años que pasó el pueblo israelita por el desierto. Y mucho menos las 40 décadas que duró la esclavitud de los hebreos en Egipto.

El periodo que abre el partido de este domingo ante el Leganés será mucho más sencillo que eso. Bastará con seguir la línea trazada en las últimas jornadas. Pero de verdad. Compitiendo cada duelo individual y cada balón como si fuese el último. Sin regresar a los regalos de las primeras jornadas. Minimizando las virtudes del rival. Y, sobre todo, sabiendo que un partido jugado a medio gas, como el de hace poco en Lugo, volverá a condenarte. Porque este Tenerife sigue siendo un equipo tan justo que solo puede avanzar si se deja hasta la última gota de sudor sobre el césped.

Así que bienvenidos a este tramo de la Liga en el que se abre la pelea por saber dónde estarás posicionado cuando llegue el tramo final del campeonato. Unas semanas para tener mucha hambre y ser ambicioso. Hasta que tengamos aquí la Semana Santa se abre un periodo en el que, sin sacrificios ni voracidad, será imposible seguir soñando.

El calendario que se avecina plantea ocho jornadas exigentes, con cinco de visitante y tres de local. Con nada menos que un derbi en el Heliodoro y también con una semana de selecciones FIFA en la que puedes perder a tres jugadores de una tacada. Agárrense porque empiezan las curvas otra vez. Ojalá y Butarque vuelva a ser un escenario de buenos recuerdos para el Tenerife y, cómo no, también el mejor punto de partida para iniciar esta locura de cuaresma.