Por @josefelipem
Que la Navidad es la mejor excusa para que los mejores sentimientos puedan aflorar, al menos una vez al año, parece algo que no tiene discusión. Y el fútbol, dentro de esta época del año, también tuvo especial protagonismo durante uno de los peores capítulos que haya contemplado la humanidad.
La Primera Guerra Mundial fue sumamente atroz. La Segunda, especialmente por el auge del Nazismo, acapara mucho más la atención, pero cuando hablamos de esta primera guerra a nivel planetario lo hacemos de trincheras llenas de barro, donde las ratas pululaban entre los soldados, que morían más por las enfermedades contraídas por aquellas enfermedades que por las balas de su enemigo.
En ese contexto llegamos al 24 de diciembre de 1914, en Bélgica, donde se encuentran atrincherados soldados alemanes, ingleses y franceses, extenuados tras la lucha y muertos de frío porque aquel invierno era especialmente duro. De repente, desde el lado alemán, que tradicionalmente celebraban la Navidad incluso montando adornos dentro de sus trincheras, se empieza a escuchar Noche de Paz, que es respondido, algo más tarde, en lengua inglesa. Llega entonces un momento en el que todos cantan distintos villancicos, pero dando a entender que era posible tratar de entenderse en aquella absurda guerra.
De los cantos se pasó al intercambio de regalos. Uno de los bandos lanzaba a tierra de nadie tabaco, café, té o similares y esperaba a que desde el otro lado fueran a recogerlo. Luego la acción era repetida desde la trinchera contraria. Las horas pasaban y casi al unísono los soldados de ambos bandos consideraron que sería oportuno llevar a cabo una pequeña tregua que les permitiera recoger a sus muertos, algo que parecía la mejor idea. Una vez fuera de sus puestos, casi sin fuerzas, alguien sacó un balón de fútbol y ofreció disputar un partido. El campo de batalla se convirtió de repente en un terreno de fútbol, en el que alemanes, ingleses y franceses peleaban solo por el rudimentario esférico tratando de batir al que tenían enfrente, que ya no era un enemigo, sino un rival. Ganaron los alemanes por 3-2.
«A última hora de la tarde los alemanes se volvieron divertidísimos, cantando y gritándonos. Dijeron en inglés que, si no disparábamos, ellos tampoco lo harían. Encendieron fuegos fuera de su trinchera, se sentaron alrededor y empezaron un concierto», explicaba en una carta el sargento británico Bernard J. Brooks, uno de los soldados allí presentes. «Estábamos cansados de la guerra, si nos hubieran dejado, la habríamos terminado allí mismo», indicaba en otra carta a su familia otro militar.
A partir de este punto de la historia, que muchos conocen, llegan aspectos menos comentados de la misma. Por ejemplo, la tregua en ese punto exacto del frente llegó al 26 de diciembre, lo que los ingleses conocen como el Boxing Day, pero en otros lugares se prolongó hasta Año Nuevo todo hasta que los diferentes Altos Mandos militares se enteraron de lo ocurrido. Alemanes e ingleses degradaron a algunos de los oficiales que habían participado en este partido de fútbol, y en otras acciones, y, a partir de ese día, obligaron a que fuera precisamente en esas fechas señaladas cuando se llevaran a cabo bombardeos sobre las posiciones enemigas.
La noticia llegó a Inglaterra, donde fue un escándalo. Tanto que la noticia de la Tregua de Navidad por el fútbol fue censurada al considerar a aquellos hombres traidores a la patria a pesar de ser ellos los que, día sí y día también, tenían que esquivar las balas en las frías trincheras que inundaban una Europa que se desangraba. Tuvieron que pasar muchos años para que aquellos hombres vieran reconocido dicho gesto. La película francesa Feliz Navidad, de 2005, muestra cómo sucedió un hecho que ha quedado siempre vinculado al fútbol y a estas fechas.