Era un chico normal al que su vida lo llevó, en un principio por el camino del fútbol. No es que en La Gomera no se pudiesen practicar más deportes, pero el deporte del balón siempre ha reinado en todas las esquinas del planeta y la isla colombina no iba a ser menos. Solo que la única diferencia es que su relación con el balompié fue de otra manera: como árbitro de fútbol. A priori todo iba como siempre: estudiar lo que se podía, ayudar a sus padres siempre y arbitrar los fines de semana. Al final: el deporte casi que no era deporte y alguna vez recibió un mensaje de alerta en el interior de su cuerpo: «Cuídate un poco más, Cristofer». Y así lo hizo.
Las primeras veces costó demasiado. Ante esos planes metódicos y medidos hasta el más mínimo detalle que usamos los corredores para entrenar durante el año, él se propuso un estilo propio: cada día correr más minutos y a más minutos intentar correr más rápido y mantener esa velocidad. El cuerpo de Cristofer fue transformándose como el niño de dos años que, tras un verano, da el estirón y uno se queda pensando en qué momento todo cambió tan deprisa. Él empezó a bajar kilos, a mejorar su físico, a ser más rápido, a aguantar más subiendo por las inclinadas laderas gomeras. Hasta que llegó el día de la carrera número uno.
Varios años después, ayer en Pirineos cruzó la meta en quinto lugar en una nueva prueba de Ultra Trail. Levantando los brazos y sin ser demasiado expresivo en sus sentimientos. Y eso que había logrado sumar los puntos suficientes para convertirse en el próximo subcampéon del mundo de la especialidad en la Copa Skyrunning. Pero Cristofer es tan modesto, tan buena persona, tan canario, que apenas sabía qué decir. Es tímido y seguirá siéndolo. Y aún se sorprenderá de que la gente le pida sacarse una foto. Porque no es Matt Damon, ni Pablo Alborán, ni ha ganado un Balón de Oro o jugado en la NBA. Es un chico normal, trabajador incansable que un día decidió darle un giro a su vida sin saber que era un diamante en bruto al que las carreras lo han ido puliendo y definiendo hasta convertirlo en el gran sucesor de los mejores. Con la misma modestia que corrió, volverá a La Gomera. Celebrará el título en familia y al día siguiente volverá a despertar y acudir al restaurante con sus padres. Allí será uno más, tranquilo. Una paz que solo se interrumpe unas cientos de veces a la semana cuando tipos con calzado de corredor y pulsómetro como quien les escribe, entra por la puerta y antes de pedir de comer solicita una foto con el corredor de montaña canario más grande de todos los tiempos.