Por @AleixValero
Reconozco que no había decidido exactamente sobre qué escribir en esta columna de viernes. Durante la semana uno le da vueltas a todo. Con el día a día en que el CD Tenerife absorbe casi todo mi tiempo, y en esta semana tan complicada por la situación deportiva del equipo todo apuntaba, claro está, a dedicar unas líneas a la figura de Raúl Agné, o a la vieja guardia del vestuario venida a menos, las ‘no’ decisiones del Consejo de la entidad…
Pero uno, que es también amante y seguidor del baloncesto desde la infancia, sufre, protesta y sí, crítica, en estas semanas los partidos de la selección española de baloncesto, encuentra un oasis en su quehacer diario para escribir algo positivo esta semana. No quiero caer en la desazón que produce este descorazonador inicio de los blanquiazules. Es mi primera columna del viernes en que no escribo sobre el Tenerife.
Lo que nos ha hecho, e increíblemente todavía nos está haciendo vivir la selección española de baloncesto ya no encuentra más calificativos. Es una generación excepcional, única e irrepetible que todos tenemos la ocasión de estar disfrutando. Todo comenzó aquel verano de 1999 en Lisboa, en el Mundial Junior, cuando unos imberbes chicos empezaron a escribir una historia interminable de éxitos al derrotar a la todopoderosa EE.UU. Estaba Pau Gasol, que no destacó precisamente en ese torneo. Solo era la primera piedra, pero sabíamos lo que estaba por venir. Ni en sueños.
Desde entonces, Europeo tras Europeo, Mundial tras Mundial (sobre todo el de Japón en 2006), y Juegos Olímpicos tras juegos Olímpicos, los Calderón, ‘Chacho’, López, Cabezas, Ricky, Navarro, Berni, Jiménez, Mumbrú, Rudy, Llull, San Emeterio, Garbajosa, Felipe, Ibaka, los Gasol… nos han hecho vibrar casi cada verano, dándonos una lección de esfuerzo, actitud, compromiso y, claro está ba-lon-ces-to. El dato es escalofriante: España ha jugado más finales en una década, que en sus 70 años anteriores.
Pero lo de anoche ante Francia tiene un nombre y apellido claro: Pau Gasol. Tanto nos ha dado y a sus 35 años sigue haciéndolo, sacándose la espina del Mundial 2014 en nuestro país, en la que los franceses nos eliminaron en cuartos de final en un horrible partido de los de Scariolo (65-52). Nada más concluir su antológica exhibición de ayer, su revancha, con 40 puntos y 11 rebotes, el gran Pau decía que habían venido al Eurobasket para derrotar a Francia en su casa.
Viendo esas últimas jugadas, escuchando sus palabras, recordé aquel maldito último tiro en Madrid, del propio Pau Gasol, en el último segundo del partido por el oro contra Rusia del Eurobasket 2007 que tuve la ocasión de vivir dentro del pabellón, y que no entró. Han pasado ocho años de aquello, 16 del oro de Lisboa y sigue mostrándonos el camino. La grandeza está en creer que es posible. Lo es.