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Redacción Deporpress | El Tenerife regresó a la avenida de las victorias, iluminada esta vez con un testarazo de Fran Sol, después de haber estado extraviado en el callejón de la desconfianza, ese que transcurre paralelo al pasaje de las dudas y que solo es posible dejar atrás con un buen resultado como el cosechado frente al Zaragoza.

Cinco semanas fue el plazo que tardó el grupo de Fran Fernández en encontrar la brújula que lo hiciera salir del laberinto en el que se había metido a base de alternar errores en defensa y falta de contundencia en ataque. Y lo hizo a base de apretar más a su rival, que encaraba la cita con los mismos problemas de fe en sus posibilidades que los blanquiazules.

Fue el Zaragoza, esta vez, el Tenerife que hemos visto demasiadas veces como visitante. Un equipo que se lo deja todo sobre el césped, pero que es impreciso en la circulación y carece de colmillo arriba. Baraja, como también sucede con Fernández y casi todos los técnicos actuales, dio por bueno lo que estaba viendo hasta que pasó algo que alteró su hoja de ruta.

Fue una jugada a balón parado que Alberto prolongó en el primer palo y que Sol, jugándose la nariz en el segundo palo, alojó en la red con suspense después de que el guardameta Cristian Álvarez empujase el balón más allá de la línea de gol en su caída sobre el esférico.

El Tenerife gobernó el partido sin demasiados sobresaltos hasta el descanso y, tras la reanudación, no encontró la manera de agrandar la ventaja que ya tenía. Incapaz de tener la suficiente continuidad con la pelota por el poco juego que generaba el doble pivote formado por Folch y Zarfino, y con Vada desconectado de esta pareja en la mediapunta, Fernández comenzó a apagar el previsible incendio antes de que se produjesen las llamas.

Cada cambio del andaluz fue un intento de contener un problema. Dio entrada a Aitor Sanz por Vada para aumentar la capacidad de destrucción de la medular. Apostó por Jacobo González para que volviese hacia atrás más fácil que Suso. Introdujo a Jorge Padilla por Sol cuando el madrileño dio síntomas de desgaste. Y, por último, hizo debutar a Carlos Ruiz prescindiendo de Nono en una renuncia total a todo aquello que no fuese fortificarse y defender el 1-0 por tierra, mar y aire.

El Zaragoza, con más empuje que cerebro, acabó tomando el timón del encuentro y asedió a los locales. El fantasma del empate del Lugo en los minutos finales se apoderó entonces de cada televisión de la isla y encogió el alma de los seguidores locales, que se preparaban para otro desenlace cruel.

Sin embargo, esta vez no se calcinó el resultado pese a que el Tenerife jugó con fuego durante los últimos 15 minutos del partido. La ración de conservadurismo en el menú servida, con un cucharón tras otro, por Fernández salió bien y los blanquiazules vuelven a respirar. Fue un triunfo tan sufrido como necesario. Una victoria tan corta y ajustada como ideal para regresar al escenario más conveniente justo antes del derbi. Tres puntos para recuperar la confianza perdida y desde los que intentar mejorar y, sobre todo, crecer.