Por @rondoscutillas
El Tenerife ha dado un volantazo a los pocos metros de haber comenzado la carrera de este curso en Segunda División. Cinco jornadas han bastado para que Miguel Concepción y Alfonso Serrano prescindan de los servicios de Joseba Etxeberria, con el que aún no se había ganado esta temporada, y sienten a los mandos a José Luis Oltra. El relevo solo confirma el error de haberle dado este proyecto el pasado mes de julio a un técnico del que no se fiaban del todo y sobre el que, además, la propia entidad abrió todo un bosque de dudas sobre si ofrecerle o no la renovación.
Rectificar es de sabios, al menos eso dice el popular refrán, y esta vez han optado por tomar una decisión urgente. Sin dilaciones. Sin esperar a comprobar si detrás del mal inicio solo existía una mala dinámica o si, por el contrario, se escondía una sintomatología mucho más preocupante. En el fondo, ya da igual. Porque nunca lo sabremos.
Como me ceden este espacio para que ofrezca mi opinión, escribo que, bajo mi punto de vista, el mal del Tenerife de Etxeberria residía en las áreas. Demasiado vulnerable en la propia, encajando en todos los partidos y comenzando a remolque del rival al ver cómo se le adelantaban en el marcador una y otra vez. Y más inofensivo que una pistola de plástico en la ajena, donde necesitaban un sinfín de oportunidades para conseguir su propósito. Esa falta de puntería condenó a los blanquiazules ante el Reus (0-1), en una cita en la que ofrecieron un auténtico monólogo de juego y de ocasiones desperdiciadas.
La apuesta por Oltra supone, de entrada, jugar sobre seguro. Conoce el club, el estilo, la idiosincrasia y hasta la manera de ser de esta bendita isla y sus habitantes. Ha aprendido a convivir con nuestras euforias y nuestros desánimos. Su llegada supone un recuerdo evocador del ya lejano perfume de los sueños, esos que se han roto en pedazos temporada tras temporada desde que, precisamente él, encontró la fórmula para fabricar el último.
Su único propósito debe ser, de manera inmediata, para la caída. Extinguir esta mala racha y evitar que el lastre de no haber ganado un partido siga acumulándose en una mochila con la que aún hay que recorrer la barbaridad de 37 jornadas. Empezando este sábado por Córdoba, una estación en la que, curiosamente, comenzó a hacer aguas el inmaculado Tenerife de José Luis Martí el pasado año tras haber protagonizado uno de los mejores arranques de la historia del club.
Ignoro si el técnico valenciano, que ya demostró sus dotes de buen alquimista en el pasado, sabrá ahora hilvanar el roto al que se enfrenta. Un desafío mayúsculo para el que contará con mucho tiempo y un apoyo incondicional de la grada, que lo recuerda aún como el último príncipe azul que se sentó en el banquillo del Heliodoro. La isla, y en teoría también la entidad, le ofrecen la estabilidad, el equilibrio y la comprensión que no tuvo en ninguno de los proyectos que emprendió recientemente. Plazas que parecían atractivas pero en las que, al final, tuvo que lidiar contra una montaña de problemas. Veremos si, poco a poco, Oltra es capaz de superar el doble desafío de conciliar la consecución de resultados con la confección, de manera simultánea, de un Tenerife mucho más convincente.