Redacción Deporpress | Cualquiera que haya visto dos o tres partidos del Osasuna en lo que va de temporada se habrá encontrado un equipo muy competitivo, muy trabajado y con calidad en la parcela ofensiva para resolver los partidos. En todos ha podido sumar y Y entonces ha dado la cara. El de ayer no fue una excepción. El rival de Tenerife resultó rocoso, incómodo e insufrible para el espectador local. Lo que sorprendió no es esa capacidad competitiva, sino la forma que tuvo de desarrollarla en el Heliodoro.
El Osasuna que vimos sobre el césped del estadio fue un equipo sucio, marrullero, duro, agresivo hasta rozar la violencia en algunas jugadas concretas. El lamentable espectáculo de Sergio Herrera antes del lanzamiento del penalti de Malbasic es solo uno de los ejemplos que se pueden poner del desagradable espectáculo presenciado hoy.
El equipo de Diego Martínez recurrió de forma constante a las faltas, provocó roces con los jugadores adversarios y perdió tiempo cada vez que un futbolista suyo pudo caer al césped y simular que había sufrido algún daño. Por momentos recordó aquellos equipos del norte que, en los años 80, escondían sus carencias de calidad a base de juego subterráneo. No se puede decir que el árbitro, que amonestó a muchos rojillos y castigó las pérdidas de tiempo, haya sido permisivo. Solo se vio superado por el aluvión de marrullerías navarras.
No hay pega al punto que se lleva el Osasuna. Lo defendió a su manera, en los límites de la legalidad. Además, en el fútbol no siempre gana quien se lo merece. Pero tan libres son los aficionados del Osasuna de sentirse satisfechos por este punto como los del Tenerife para sentir asco por la forma en la que se lo llevan. Con un fútbol de otro tiempo. ¡Qué decepción!