Redacción Deporpress| El Tenerife, con su empecinamiento en complicarse la vida en cada jornada, ha convertido el final de temporada en toda una pesadilla.
Han desperdiciado los blanquiazules varias oportunidades inmejorables para amarrar la permanencia y ahora chapotean en el barro mientras intentan no hundirse en una zona que, ellos mismos, han convertido en un lodazal cada vez más peligroso con sus pésimos resultados.
Cinco jornadas sin ganar son muchas. Demasiadas. Un gol a favor en idéntico margen es un saldo muy deficiente. Más todavía en un equipo como este, que solo abandera el orgullo y el sacrificio como única divisa para sacar adelante los partidos. El talento y la pegada quedaron lejos y puede que alguien las rescate algún día de estos. Ojalá y que, cuando lo hagan, no sea demasiado tarde.
El equipo que dirige Luis Miguel Ramis es castigado un partido sí y otro también. Unas veces son los árbitros y sus decisiones incomprensibles. Otras sus errores y desatenciones defensivas que, por pequeñas que sean, equivalen casi siempre a una derrota. Y el resto son tarjetas rojas antes del descanso que, como sucedió con Javi Alonso ante el Castellón y Alberto Jiménez frente al Almería, condicionan totalmente el partido y te condenan a recurrir a una épica que, con un equipo tan justo como este, suele ser además imposible.
Entre todos se han encargado de protagonizar un espanto de temporada. Huérfana de alegrías y cargada con la impotencia que genera ver cómo el equipo que tiene el sexto límite salarial de Segunda División es incapaz de certificar una permanencia, que era virtual hace justo un mes, y que cada vez toma más forma de borrasca en pleno mes de mayo.
Llegados a este punto, solo cabe desear una cosa. Que los que tienen que confeccionar el Tenerife 2020-21 se pongan las pilas y doten a este equipo de un gen competitivo, pero de verdad. Que al orgullo, sacrificio y orden defensivo actual lo acompañen otras virtudes futbolísticas que nos hagan recobrar la ilusión. Porque este final de temporada es un auténtico desierto de frustraciones. Un calvario inmerecido para una afición que mira asustada el calendario e implora para que, de una vez por todas, se acabe ya este suplicio.